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Reencuentro con los mayores, sin besos ni abrazos

Los residentes en el centro de mayores Jardín Santa Ana, en Candelaria, han podido recibir desde el lunes, después de tres meses, la siempre emotiva visita de familiares
María del Pino, de 73 años, recibió ayer la visita de su hijo Antonio, después de tres meses / SERGIO MÉNDEZ

Cuando llegas al Jardín Santa Ana, un centro privado de mayores en Las Caletillas, lo primero que te invitan a hacer es pasar tus zapatos por dos recipientes con desinfectante. Luego pasas a un lavadero donde debes lavarte las manos o impregnarlas de gel hidroalcohólico, antes de colocarte los guantes. Cuando has terminado ese proceso ya puedes pasar a la amplia terraza de un centro que en su día fue un chalet residencial, donde sobresalen los mangos cargados de fruto y el un parque infantil, clausurado, para cuando los nietos quieran venir a visitar a sus abuelos, que aún no lo pueden hacer al limitarse las visitas, que se iniciaron el lunes, a una persona y una hora por residente y solo un día a la semana. Al ser 15 los residentes actuales, al día se producen solo tres visitas.

Nada más entrar nos atiende Daniel Martos, el director de una empresa familiar que gestiona el centro desde hace seis años, “cuando logramos el traspaso del anterior centro que había instalado aquí”, nos dice. Resguardado en un chubasquero y con una mascarilla KN95, Daniel expresa su satisfacción y las de los doce trabajadores del Jardín Santa Ana, por abrir sus puertas después de tres meses severamente confinados. “En este período solo ha entrado el encargado de mantenimiento, resguardado de arriba abajo”, nos relata, aparte de las visitas de la Policía Local, Guardia Civil y Sanidad, además de expresar su agradecimiento porque “todos los días nos llama una enfermera del centro de salud de Candelaria para conocer el estado de nuestros residentes y de nuestros trabajadores”.

Daniel Martos, a la izqueirda, junto algunos de los trabajadores del centro / SERGIO MÉNDEZ

El Jardín Santa Ana presume de haber comenzado una semana antes de decretarse el estado de alarma con las medidas de seguridad. “Viendo por la tele las noticias de los centros de mayores, llamamos a los familiares para comunicarles que quedaban suspendidas las visitas y comenzamos a buscar hasta donde no había las mascarillas, a precio de oro, guantes y geles, hasta chubasqueros, para nuestro personal, a pesar de que durante esos días de marzo muchos decían que las mascarillas no eran obligadas, dentro de la incertidumbre diaria a la que nos hemos tenido que acostumbrar en esta pandemia”.

Destaca Daniel Martos Díaz que “a finales de marzo, cuando más alto estaba el pico del virus decidimos que nuestros trabajadores también se quedaran a dormir aquí, y adaptamos nuestra vivienda, en el segundo piso, para que pudieran quedarse, mientras mi mujer, Yolanda, que es la supervisora y yo nos trasladamos a Santa Cruz, junto a nuestros hijos. Cinco auxiliares y la terapeuta ocupacional permanecieron tres semanas sin salir del centro, algo que seguramente ha servido para que en tres meses ninguna de ellas ni nuestros residentes haya dado positivo, ni en el PCR ni el serológico”, señala el director del Jardín Santa Ana.

Un marido fue a visitar a su esposa, manteniendo las distancias obligatorias por protocolo / S.M.

Pino y Antonio

Antonio pudo ver ayer a su madre, María del Pino, después de tres meses sin hacerlo. Se le notaba emocionado, aunque “no pueda abrazarle o besarla”, señaló. Destacó “la continúa comunicación que hemos tenido a lo largo del confinamiento, a través de videollamadas”, pero “no hay nada como poder ver a tu madre físicamente”, expresó.

María del Pino, de 73 años, con problemas de demencia y parálisis, tras sufrir un ictus, “que la dejó muy cascada”, señala su hijo, “está como la última vez que la ví”, manifiesta Antonio, quien recuerda que “hace tres años, cuando sufrió el ictus, me puse a buscar una residencia y a Dios gracias que encontré esta, porque es todo un ejemplo de limpieza y orden y tiene un gran ratio entre residentes y trabajadores”.
Mientras Antonio despide a su madre, en silla de ruedas, Carlota, una de las cuidadoras, se muestra feliz de “poder abrir las puertas” a la siguiente visita y no puede impedir emocionarse con “el reencuentro familiar”, si bien reconoce que “resulta difícil explicarles a los mayores que no pueden dar besos ni abrazos”.

Carlota es una de las seis trabajadoras que pasó veinte días “encerradas” en el centro, algo que preocupó a su familia: “Soy hija única y todo los días me insistían que tuviera mucho cuidado, que tomara precauciones, que mira lo que pasa con el virus”.

El Jardín Santa Ana, en Las Caletillas, es un gran chalet con una amplia terraza ajardinada / S.M.

15 usuarios y 12 trabajadores

El Jardín Santa Ana, situado en la entrada de Las Caletillas, en una calle sin salida, es un centro de mayores que gestiona Daniel Martos Díaz y su esposa desde hace seis años. Está situado en un gran chalet de dos plantas, terraza y un gran jardín, aunque solo la primera está adaptada para los usuarios, con cocina, comedor, salón de actividades y televisión, sala para fisioterapia, baños adaptados y habitaciones con dos y tres camas. Los 15 residentes tienen de 65 a 94 años y están atendidos por 12 personas.

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