Tenerife

Una trampa mortal en el fondo del mar tinerfeño

Se cumplen 45 años de la muerte de Juan José Benítez y Francoise de Roubaix, dos submarinistas que quedaron atrapados en la cueva de Los Camarones, en el sur de Tenerife, una gruta de extrema peligrosidad que, nueve años después, se cobró la vida de otros dos buceadores alemanes

UN SUBMARINISTA SE ADENTRA EN LA CUEVA DE LOS CAMARONES, FRENTE A LA COSTA DE EL PALM-MAR, EN ARONA. Foto: Sergio Hanquet

Situada a 30 metros de profundidad y a unos 700 de la costa de El Palm-Mar (Arona), en el sur de Tenerife, la Cueva de Los Camarones está considerada como una de las grutas más traicioneras entre los amantes del submarinismo. La longitud aproximada de este túnel volcánico supera los 60 metros y, además, presenta un par de ramificaciones que confunden a los exploradores.

A diferencia de la mayoría de cuevas más próximas a la costa, Los Camarones no cuenta con burbujas de aire donde poder respirar, pero su peor trampa se esconde en los sedimentos que reposan en el fondo, una bomba de relojería, por cuanto el movimiento brusco de cualquier pez alertado por las linternas o un aleteo inadecuado de los submarinistas, provocan una nube de lodo que acaba con la visibilidad durante horas. Esa turbidez del agua atrapó mortalmente a dos submarinistas hace ahora 45 años y sepultó otras dos vidas casi un decenio después.

El 20 de noviembre de 1975, dos experimentados buceadores, el tinerfeño Juan José Benítez (29 años), campeón de España y de Canarias de submarinismo, y Francoise de Roubaix (36), conocido compositor musical francés, se sumergían en las aguas sureñas con la intención de realizar un reportaje fotográfico en la Cueva de Los Camarones, que el primero de ellos conocía como la palma de su mano. Pero ninguno saldría con vida a la superficie. Ambos quedarían aprisionados en el interior del laberinto volcánico. Las reservas de sus botellas de aire comprimido, con una autonomía para poco más de media hora, se agotaron a 30 metros de profundidad.
“A esa distancia no tienes tiempo de reacción. Puedes estar 30 minutos, no más, porque la reacción para salir es mucho más agobiante que en otras cuevas. Aquí te apuras más y no sales”, explicó a este periódico el fotógrafo documentalista y divulgador de los fondos marinos de las Islas, Sergio Hanquet, que ha accedido en varias ocasiones a Los Camarones.

María Elda, viuda de Juan José Benítez, explicó en unas declaraciones a la Televisión Canaria que su marido “daba la vida por cualquier alumno, pero por Francoise aún más”. Y eso, a su juicio, fue lo que literalmente ocurrió: “Creo que Juanjo subió, pero al mirar para atrás y ver que no venía su compañero volvió a la cueva para sacarlo. Y se quedaron los dos. Él siempre decía que jamás trabajaría en una oficina, que era un ser libre y que lo único que le gustaba era la naturaleza y el mar”.

La dimensión artística de Roubaix, que a pesar de su juventud contaba con medio centenar de bandas sonoras cinematográficas a sus espaldas, amplificó el suceso a escala internacional, especialmente en Francia, donde su muerte causó una gran conmoción en el ámbito de la cultura. Al innovador compositor galo se le consideraba un adelantado a su tiempo. Además de su faceta de músico, su creatividad artística quedó plasmada en dos cortometrajes (El Gobbo, en 1968, y Comment ça va, en 1972)  por los que recibió sendos premios. Era un enamorado del submarinismo, actividad que practicaba para aliviar su ritmo de trabajo en diferentes partes del planeta. Sus restos reposan en el cementerio de Arona.

Juan José Benítez era una de las grandes referencias del submarinismo canario. Contaba con dos campeonatos de Canarias de pesca submarina y uno de España en la modalidad de equipos. Sus amigos hablaban de él como un “héroe”, un término empleado por varios de los asistentes al homenaje celebrado en el Auditorio Infanta Leonor de Los Cristianos con motivo del 40 aniversario de su fallecimiento, en el que el concejal de Cultura de Arona, Leopoldo Díaz Oda, entregó una placa a su familia que recogió su nieto sobre el escenario.

Nueve años después del accidente, el 26 de abril de 1984, la Cueva de los Camarones volvió a ocupar las portadas de los medios de comunicación. Dos submarinistas alemanes, Henry Sarpentin (38 años), monitor de un club de buceo de Playa de Las Américas, y Jens Steiner (17), uno de sus alumnos que pasaba sus vacaciones en Tenerife, también quedarían aprisionados en la garganta mortífera cuando participaban, junto a una decena de jóvenes, en una inmersión en el entorno de la gruta.
Al finalizar el ejercicio y percatarse de la ausencia de uno de los participantes, el instructor se temió lo peor y acudió a su rescate al interior de la cueva en una lucha desesperada contra el reloj por las mermadas reservas de oxígeno después de la incursión anterior. Ninguno regresaría a la zodiac que les esperaba en la superficie. La arena en suspensión en el interior de la cueva obligó a los siete buzos del Grupo Especial de Operaciones Subacuáticas (GEAS) de la Guardia Civil encargados del rescate a aplazar 24 horas la operación. Junto a los cuerpos, localizaron una cámara de vídeo y un cinturón de plomo.

Después del segundo accidente, Los Camarones, también conocida popularmente como cueva de Juanito o cueva de las morenas, fue catalogada como la cavidad submarina más mortífera de Europa. Hoy es uno de los espacios sumergidos más visitados de Tenerife. “Entre 60 y 100 personas bajan cada día, pero no entran en la cueva, se quedan en sus alrededores porque hay mucha fauna en la zona”, explicó Hanquet.

Una imponente cruz se alza a su entrada en recuerdo de las cuatro víctimas, pero también para recordar su maldición a los submarinistas más osados. Cerca de ella se levanta una estatua de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros y pescadores, y la figura de un delfín en homenaje a Jacques Costeau colocado en el centenario de su nacimiento. Varios buceadores han coincidido en señalar la “extraña sensación” que han experimentado en la entrada de la cueva, “como si el tiempo de repente se parara”.