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El guineano que salvó a su hermana de un matrimonio concertado

Imagen de la cola ayer para comer en el campamento adyacente/Sergio Méndez

Las inmediaciones del campamento de Las Raíces han perdido algo de la efervescencia épica de mitad de febrero, cuando algunos migrantes decidieron protestar por su traslado a esta zona húmeda y fría de la isla montando un campamento adyacente y pudieron sostenerse gracias a la ayuda de los activistas de la Asamblea de Apoyo a Migrantes de Tenerife. Las casetas del exterior siguen ahí, forradas de plásticos azules, y el lugar continúa siendo un espacio de reunión entre los pocos que duermen fuera, las 1.430 personas que ayer dormían dentro y los activistas que les llevan comida, ropa, les escuchan, intentan ayudarles con el tema legal y les dan clases de español. La situación es muy dura, pero hay una especie de anormalidad funcional, triste, algo desesperante, con bromas a ratos, repetitiva, como los paseos para matar el tiempo. A veces hasta La Laguna. Otras, simplemente cuesta arriba y cuesta abajo.

Junto a las casetas está Edmundo -nombre ficticio-, de 36 años, que es de Guinea Bissau y hace de traductor, porque su portugués le permite entender bien el español y hablar luego en francés o wolof con algunos de los compañeros migrantes. También sabe mandinga. Lleva en Tenerife desde que llegó el 26 octubre desde Senegal. El viaje duró 10 días, sin nada de comer ni de beber desde el octavo.

Pero la complicada travesía de Edmundo empezó mucho antes, cuando su padre, musulmán, se separó de su madre en 2014 porque era cristiana y la familia de él no veía bien la relación. Edmundo y su hermana, que ahora tiene 14 años, se quedaron con la madre, que falleció en 2017. Entonces, el padre de Edmundo intentó casar a su hermana en un matrimonio concertado. “Así que la llevé con una tía que vivía en Senegal. Volví a Guinea Bissau a seguir trabajando de pintor, que es mi oficio, pero mi padre no paraba de amenazarme para que le dijera dónde estaba mi hermana, y me marché en 2018 a M’ bour, en Senegal, donde estaban viviendo ellas dos”, explica. “No sé cómo, pero unos tíos míos se enteraron de dónde estábamos y empezaron a presionarnos. Mi padre fue para allá también, así que mi tía y mi hermana tuvieron que marcharse otra vez”.

Para escapar de las amenazas familiares, Edmundo decidió venirse a Europa. “Me dieron un visado para ir a Portugal el año pasado. Pero entonces llegó la pandemia y se cancelaron los viajes. Hasta que finalmente pude venirme en cayuco desde el mismo M’bour”, cuenta. “Siete días después de llegar aquí, hablé con mi hermana y mi tía. Ellas no sabían que me había marchado. Fue el día más triste de mi vida”, dice con los ojos rayados. “No se me quita de la cabeza”.

Edmundo dice que quiere pedir protección, pero que cuando pregunta por su situación al equipo de ACCEM -la ONG que gestiona el campamento-, le dan largas. “Espera, espera, después hablamos, pero no me dicen nada. Estoy aquí, sin ninguna cosa que hacer, a ver qué deciden”. Ya habido algunos traslados a la Península, y muchos esperan que su situación se desatasque en algún momento. Mientras, Edmundo intenta evitar la comida del centro, que tantas protestas ha provocado. “Prácticamente todo es patata, pan y naranja”, dice. E intenta ponerse a la cola para comer de las perolas que lleva la Asamblea de Apoyo a Migrantes. “Si no, a veces prefiero hacerme un bocadillo con una de las latas de sardinas que trae la gente que nos ayuda por aquí”. Ayer, desde la Asamblea de Apoyo a Migrantes denunciaron que un joven había sido golpeado el pasado fin de semana por varios guardias de seguridad que lo dejaron inconsciente, y publicaron una foto del costado amoratado de un joven. Este periódico se puso en contacto con la Delegación de Gobierno para preguntar por este caso. Pero, a la hora del cierre, aún no habían dado su versión de los hechos.

“La comida es mala, no puedes dormir, la gente pone música, solo hay una hora para ducharse por la mañana y otra por la noche, el agua no está caliente… Pero en realidad, mi gran preocupación es poderme ir a ‘la Gran España’”, cuenta un joven marroquí de 26 años que no quiere decir su nombre pero que se suelta a hablar un buen rato. Es de una ciudad llamada El Kelaa des Sraghna y cuenta que se licenció en Derecho. “Y aquí me ves”, dice con más ironía que tristeza. “Pero allí no hay trabajo, hay muchos licenciados en paro”. Dice que no sale de los alrededores del campamento. “A dos amigos míos los detuvieron cuando andaban por La Laguna y ya los deportaron a Marruecos”, cuenta. “¿Qué tal es la vida aquí?”, pregunta. “Hombre, también tiene sus dificultades. Mucha gente está todo el día estresada con el trabajo, tampoco gana mucho. Y tiene pocos hijos por eso. No hay tiempo ni dinero”, le contesto. “Allá da igual, la gente es pobre pero tiene cuatro o seis hijos. Ya dios proveerá. Además, no todo es trabajo”, dice.

En las manos de dios se ponen también muchos de los que suben a los cayucos en África y luego fallecen en la travesía rumbo a Canarias. Según un informe de la Organización Internacional de Migraciones (OIM), unas 850 personas murieron el año pasado en la ruta canaria, informaba ayer Agencia EFE. “La mayoría de esas muertes ocurrieron cerca de la costa del continente africano, incluyendo 433 frente a la costa de Marruecos, 195 cerca de Senegal y 166 frente a la costa de Mauritania”, detalla el informe. De todas esas víctimas, solo se recuperaron los cuerpos de 185 personas, mientras que “más de 660 desaparecieron en el mar”.

 

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