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Las cruces de mayo también se adaptan a la pandemia en Los Realejos

Vecinos del núcleo de La Cruz Santa ya tienen sus maderos engalanados, aunque este año se tendrán que conformar con verlos desde lejos y vivir la fiesta en casa
Tres generaciones de la familia Pérez Méndez unidas por la tradición de engalanar al santo madero, este año adaptada a la pandemia. Sergio Méndez

La cruz es seña de identidad y esperanza en muchos lugares, pero si hay uno en el que adquiere especial fervor es en el núcleo de la Cruz Santa, en Los Realejos, donde la tradición de engalanar al santo madero es una seña de identidad que se traspasa de generación en generación desde hace 355 años y vincula a niños y mayores.


Es el caso de la familia Pérez Méndez, donde tres generaciones están unidas por la cruz. Miguel Ángel Pérez se la transmitió a su hijo, Oliver Méndez, y ésta a su vez a Leire, que hizo su propio madero hace cuatro años en el taller que imparte cada 30 de abril la Cofradía de La Cruz y en el que se invita a participar a los más pequeños.


Este 2021 la pandemia les ha cambiado los planes, igual que a todos los crusanteros, pero no la devoción que sienten por la cruz. Antaño habilitaban la sala de la casa familiar y cada cruz tenía su enrame propio. Este año la estrategia residió en ubicar las tres juntas sobre una repisa, para que la gente que se acerque pueda verlas desde fuera.


Este año el público que visite las casas y capillas será escaso. Toca vivir la fiesta desde dentro y adaptar la cruz a la pandemia, una imposición sobrevenida que los vecinos han aceptado con la mejor de las voluntades.
Así, han quienes han optado por dejarla en casa, mientras que otros han acondicionado espacios nuevos, los han reducido, e incluso hubo “primerizos”, que se han animado a engalanar esa cruz que guardaban con tanto cariño porque la Covid-19 les ha dejado tiempo para ello.


Es el caso de Alexis Arocha, un vecino del Camino Sanabria a quien su padrino de confirmación le había regalado una cruz que siempre tuvo en la entrada de su casa. Este año se decidió a sacarla a la calle, destinando para ello un pequeño espacio anexo al huerto aprovechando la toma de luz.


Siempre colaboró con la comisión de fiestas y con las cruces pero este año quiso montar la suya propia ayudado por su mujer, su madrina, y sus dos hijas de 10 y 2 años, que cortaron y armaron sin parar las orquídeas de gomaeva. Hay que acercarse para comprobar que las flores son de este material porque a simple vista es imposible ya que parecen naturales.


Alexis tenía listo su enrame desde ayer al mediodía y lo dejará por lo menos hasta el jueves “porque todo ese trabajo tiene que lucirse, subraya. Sabe que a partir de ahora no hay vuelta atrás, que es una tradición que llegó para quedarse.

También Juan Antonio y Mercedes Domínguez Pérez se amoldaron a la coyuntura actual. Los hermanos llevan más de 30 años enramando la Cruz de Narciso El Pariente, una tradición que tuvo siempre su padre.


Al principio, recuerdan, se hacía dentro de casa, pero cuando todos los vecinos empezaron a sacarlas a la calle se habilitó una habitación contigua de la casa especialmente para el santo madero. El día que su padre ya no pudo hacerlo más, le dejó el cometido a Juan Antonio, que nunca lo ha dejado pese a que vive en el sur de la Isla.


Juan Antonio de ocupaba del pie y el altar y le preparaba el banquito a su progenitor para que ornamentara el pie. “Siempre intento hacerlo igual que lo hacía él”, asegura. Han pasado ocho años desde entonces y todavía se emociona cuando lo recuerda.


Su madre estuvo 45 días fuera de casa ingresada y no se pudo preparar todo como otros años, pero su ilusión era enramar la cruz y sus hijos se lo cumplieron. Eso sí, fue más sencillos que en otras ocasiones, con flores que se cultivan en el patio de la casa familiar, en el número 80 de la calle Real, y el espacio se tuvo que reducir a más de la mitad porque no puede entrar gente a la vivienda. En otras ocasiones, siempre cuentan con la colaboración de amigos, pero este año la pandemia lo impidió así que mientras Mercedes limpiaba la plata y ordenaba las velas, Juan Antonio armaba el altar ayudado por Domingo, su cuñado, pendiente de todo lo que necesitaba.

En el caso Maricarmen León Sanabria la Covid-19 no cambió los planes habituales del 2 y 3 de mayo. Desde ayer al mediodía, en el número 6 de la calle El Lomo, ya lucían sus dos pequeñas cruces, una de madera, confeccionada por una de sus sobrinas, y otra de nácar, un regalo que un amigo le trajo a su madre directamente desde Tierra Santa, en concreto, Israel, por lo devota que era. Cuando ésta falleció, Maricarmen siguió con la tradición.


Subraya que son muchos los vecinos que le regalan flores para la cruz, a las que este año se le añadieron dos tajinastes en flor que su marido trajo de la huerta que llamaban la atención de los viandantes.

David Labrador cumple 19 años de enramar su propia cruz en un pequeño lugar reservado al que se puede acercar sin necesidad de entrar en la vivienda. Es una herencia de su madre, Mercedes, quien a su vez la heredó de su abuela. David quiso continuarla pero su deseo era tener la suya propia, así que su padre y Pancho, un carpintero de la Cruz Santa, la tallaron y se la regalaron.


Domingo León Hernández lleva más de 30 años enramando la cruz que hizo un hermano suyo casi de adolescente cuando trabajaba en el molino de La Perdoma. Domingo se fue a vivir a Inglaterra y al volver, continuó con la tradición que comparte con Charo, su hermana, quien lo apuraba para que estuviera lista cuanto antes.


Este año fue distinto para los vecinos de La Cruz Santa, que en la tarde noche de ayer no pudieron abrir los patios de sus casas y compartir el vaso de vino blanco y los dulces con los más allegados, visitante y turistas para disfrutar de uno de los días más esperados. Hoy la fiesta continúa, aunque no estarán las 93 cruces, la mayoría de ellas lucirán sus mejores galas para mantener, pese a la pandemia, la tradición más viva que nunca.

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