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Rigoberto, el artesano que refleja el alma de los barcos

Rigoberto González, maestro jubilado y exalcalde de Güímar, expone en el Liceo Taoro la muestra de modelismo naval ‘Una pasión a escala’, compuesta de 33 maquetas que reproducen navíos, galeones y embarcaciones de los siglos XVI, XVII y XVIII
Rigoberto, el artesano que refleja el alma de los barcos. Fran Pallero

La primera maqueta que construyó Rigoberto González fue una catedral de corcho cuando estaba en la mili y recibió como premio unos días de permiso.


Pero a él lo que siempre le gustó de pequeño eran las películas de piratas. No se perdía ninguna y en sus cuadernos siempre dibujaba barcos.


Poco a poco su afición se transformó en una verdadera pasión que compaginó durante décadas con su profesión de maestro y con el Ayuntamiento de Güímar, donde fue alcalde en dos mandatos, 1992-1996 y 1999-2002. Fueron los años en los que menos tiempo tuvo para el arte “porque la política absorbe”, señala.
Rigoberto lleva dedicado al modelismo naval desde los años 70. Primero, fueron maquetas de plástico y luego se pasó a la madera, ya que sus tíos Tino y Félix tenían un taller al que siempre iba. El primer barco que fabricó no le quedó bien, pero el segundo logró acabarlo y forma parte de la exposición Una pasión a escala que acoge el Liceo de Taoro, en La Orotava, hasta el 30 de mayo, en horario de 10.00 a 13.00 y de 14.00 a 20.00 horas y con entrada gratuita.


Allí se pueden ver 31 maquetas de navíos, embarcaciones y galeones de los siglos XVI, XVII y XVIII, distribuidas en tres salas ,más otras dos a la entrada del edificio, en las que se especifica de forma detallada, el año de su construcción, las medidas, y el tiempo que tardó en construir cada una de ellas. Las más simples, de modelismo estático, que son las carabelas de Colón, le llevaron entre tres y seis meses y medio con un promedio de unas seis horas diarias de trabajo.


En las más complejas, como el buque Vasa, un navío de guerra sueco construido por órdenes del rey Gustavo II Adolfo de Suecia, empleó casi dos años, en concreto, “dos veranos en El Porís”, porque está construido todo por dentro, además de la proa y un tallado escrupuloso.


Se llama modelismo de arsenal y consiste en copiar de manera fiel el barco basándose en los planos de la época, que también se encuentran expuestos en la sala. En cada maqueta se pueden ver las cuerdas, las barricas, los fanales, la campana para dar las horas, la cocina, chimeneas e incluso hasta un váter y una escalera caracol.


Todos los detalles los fabrica él, hasta las anclas, a las que le da una mano de minio (mineral óxido) y después, betón de judea para que parezca metal.


Fue en Arico donde comenzó todo. Allí ejerció la docencia durante muchos años. La familia vivía en un apartamento y en el balcón puso un banco y con una máquina los confeccionaba. Todas las embarcaciones pequeñas las hizo allí.


Siempre fue un autodidacta. Empezó con barcos de plástico, pero como no sabía dónde conseguir planos, a base de cartón y plastilina fue sacándolos y ampliándolos. Tiempo después contactó con un señor en Ofra que se dedicaba al aeromodelismo naval, cuyo nombre leyó en un artículo de prensa y fue quien lo orientó y le informó sobre los lugares en los que podía mandar a pedir planos, como la Casa de la Marina de París.
Rigoberto utiliza caoba para las tallas, roble o haya alemana para las cubiertas y tiene un barco completo hecho de cedro. “En Europa los modelistas utilizan madera de peral, pero se me disparatan los precios”, apunta, al tiempo que asegura que todos sus ahorros los ha invertido en planos y maquinaria para su taller, donde pasa horas sin que se dé cuenta del tiempo.


De las velas se ocupa su esposa. Un trabajo minucioso en el que se aprecian desde la costura de las tiras de tela hasta la cinta y la cuerda que llevan cosidas por el costado. Por si fuera poco, también las pinta.


Su hija mayor se encarga del mantenimiento de las maquetas y de trasladarlas y la más pequeña, de buscar los planos por internet. “Un trabajo de equipo”, subraya.


González lleva años buscando un lugar para sus pequeñas obras de arte. Las expuso en La Laguna, en Granadilla y en el museo de Almeyda, en Santa Cruz, pero sus esperanzas de que formen parte de una exposición permanente son escasas. En este sentido, sostiene que pese a que la capital “tiene una historia naval impresionante” y “a que estamos rodeados de agua por todos lados, vivimos de espaldas al mar”. Tener un museo naval es una asignatura pendiente.


Rigoberto no para nunca de investigar sobre barcos hasta que ve uno que le gusta, se adentra en su alma y la refleja. Ahí empieza su trabajo, a conocer su historia, conseguir los planos y buscar la madera más adecuada.


Un arte que además de mucha precisión requiere una gran dosis de paciencia, tesón y concentración, dos cualidades que cumple como buen maestro. El tiempo ya no es un problema porque al estar jubilado puede dedicarle todas las horas que quiera, aunque reconoce que la vista empieza a fallarle un poco.


En la actualidad, fabrica en su taller el Mayflower, conocido también como ‘el buque de los peregrinos’ un galeón holandés que transportó a un montón de colonos de Plymouth (Nueva Inglaterra), hasta la costa oriental de Estados Unidos y en proyecto tiene un buque francés de 68 cañones del que ya consiguió los planos.


Rigoberto lleva años repitiendo su carta a los Reyes Magos pero hasta ahora, su única experiencia arriba de un barco “es de aquí a La Gomera”, bromea.

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