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La Sala Rosa de Adeje: cuatro paredes que rebosan vida

Hasta la Sala Rosa de Adeje llegan todas las semanas pacientes con cáncer de mama que encuentran en este espacio de la Fundación Carrera por la Vida apoyo, afecto y distracción
Herminia Tacoronte, coordinadora de actividades de Carrera por la Vida, en la Sala Rosa de Adeje. JCM

En pocos sitios se detecta la calidez y vitalidad que se respiran en la Sala Rosa, el local que ofrece semanalmente en Adeje apoyo psicológico y material a las personas que luchan contra el cáncer de mama.

Hasta este espacio, abierto hace seis años en el Centro de Participación Ciudadana y Convivencia del Barrio Las Nieves, gracias al empeño de Brigitte Gypen, presidenta de la Fundación canaria Carrera por la Vida, y la colaboración del Ayuntamiento de Adeje, llegan todos los miércoles, entre las 10.00 y las 15.00 horas, pacientes y familiares en busca de información, pero, sobre todo, de afecto y distracción, además de venir a recoger sujetadores especiales gratuitos para mujeres masectomizadas. También encuentran en este espacio talleres de autoestima, charlas con profesionales de nutrición y de coaching. “Aquí nos reunimos los miércoles para olvidarnos de la enfermedad, porque se habla de todo menos del cáncer”, recalca Herminia Tacoronte, Hermi, coordinadora de las actividades de Carrera por la Vida, que está a unos meses de recibir el alta definitiva tras más de nueve años manteniendo a raya el cáncer de mama. Hoy recuerda como un momento clave el día que cambió el por qué me ha tocado a mí por el para qué. Hermi y Brigitte, que también conoce en primera persona lo que es luchar contra la enfermedad, trabajan codo con codo para mantener una mano tendida permanente a las pacientes que acuden a la Sala Rosa y, especialmente, a aquellas que entran por primera vez “con un poco de miedo”, aseguran. En esa labor ambas destacan el papel clave que desempeñan las voluntarias.

Brigitte Gypen, presidenta de la Fundación canaria Carrera por la Vida.

“El miércoles pasado llegó una chica con su marido. La verdad es que había pura ternura entre ellos, aunque ella no pronunciaba una sola palabra. Estaba aterrada. Agarré su mano, porque notaba que necesitaba esa fuerza. Le conté mi historia, mi experiencia, y de repente empezó a hablar. Su marido se rompió en ese momento y me dijo: ‘Has logrado que mi mujer cuente su historia”, detalla Hermi, que sostiene que “Dios me ha dado este aspecto [se señala su cabeza, sin pelo] para ayudarlas a que se identifiquen con algo por lo que yo he pasado”.

Seis días después, Hermi recibió una llamada suya que le emocionó: “Estoy en el hospital, no tengo miedo, gracias por tus palabras”, le dijo. “Esas cosas te conmueven y caes en la cuenta de que, casi sin ser consciente, te conviertes en un pequeño motorcito para esas mujeres que vienen perdidas, como en su día yo también lo estuve, y que no saben qué les espera en el camino”.

El ejemplo de la paciente agradecida, después de entrar de puntillas a la Sala Rosa, se repite con frecuencia. “Hay una chica que nos confesó que nadie de su entorno sabía que tenía un cáncer de mama e incluso dejó el trabajo diciendo que se iba de vacaciones. Le comenté que eso era imposible y que no se podía tapar el sol con un dedo. Nos dijo que tenía que ir al hospital y que sentía miedo”, relata Hermi.

Hoy, la paciente ya lo verbaliza sin temor alguno y mira cara a cara a su enfermedad, que le ha arrebatado un pecho. “No le han dado quimioterapia ni radioterapia, simplemente [hace el gesto de entre comillas] ha perdido un pecho, pero reconoce que es feliz. Cuando le dimos una prótesis comenzó a reírse y exclamó: ‘¡Guau! Vuelvo a ser mujer’. Ver la felicidad de esa chica, que tenía miedo a contar su enfermedad y hoy la afronta con naturalidad y con una sonrisa no tiene precio”, sostiene la coordinadora de actividades de Carrera por la Vida.

Brigitte Gypen no olvida cómo surgió, improvisadamente, la idea de crear la Sala Rosa: cuando presentaba en rueda de prensa la X edición de Carrera por la Vida junto al alcalde de Adeje, Rodríguez Fraga. “Me salió del alma pedir en aquel momento un espacio para celebrar encuentros que pudieran mejorar la calidad de vida de las personas con esta enfermedad”, recuerda. El regidor cogió el guante sobre la marcha y se comprometió públicamente a cederle un local.

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