Granadilla de Abona

“La experiencia para desencallar el Costa Concordia fue algo épico”

Moisés Pires, buceador residente en El Médano, participó en las tareas para reflotar el barco italiano, en el que viajaban tres tinerfeños; ayer se cumplieron 10 años del accidente

El barco de la compañía Costa Cruceros permaneció casi dos años varado en la costa de la isla de Giglio (Italia). Enzo Ruso
El barco de la compañía Costa Cruceros permaneció casi dos años varado en la costa de la isla de Giglio (Italia). Enzo Ruso

Diez años después, las imágenes del accidente del Costa Concordia tras colisionar con una roca en la noche del 13 de enero de 2012 frente a la isla de Giglio (Italia) siguen conmoviendo al mundo. En el siniestro, que obligó a la evacuación de 4.229 pasajeros, murieron 32 personas y 64 resultaron heridas. Se atribuyó a una arriesgada maniobra ordenada por su capitán, Francesco Schettino, que, siguiendo una tradición marinera, acercó a la isla el trasatlántico, de 290 metros de eslora, con la intención de “saludar” a sus habitantes.


A la hora del accidente, la mayoría de pasajeros se encontraban cenando. Un matrimonio tinerfeño y su hija de tres años, acababan de llegar a su camarote, situado en la octava planta. Allí, Bernardo, Inés y la pequeña escucharon un fuerte golpe. Él cogió a su mujer y a la niña y subieron a la cubierta, donde se encontraban las barcas de salvamento. “Fue lo mismo que el Titanic. Cuando estábamos en la cubierta, mucha gente se caía hacia abajo, porque el barco estaba hundiéndose y mientras evacuaban algunas barcas, otras se nos venían encima”, declaró entonces Bernardo García, apenas 48 horas después del accidente, tal como informaron los periodistas de DIARIO DE AVISOS Fran Domínguez y José Luis Cámara.


La nave fue estabilizada en septiembre de 2013, en una operación sin precedentes en la historia naval y un año después fue desguazada. En la compleja operación, que supuso un costo de 600 millones de euros, participaron 30 barcos y más de 500 técnicos de 17 nacionalidades. Entre ellos, el submarinista profesional Moisés Pires, residente en El Médano, que realizó tareas de supervisor de buceo, condujo una pontona (embarcación sin motor para cargar material) y ayudó a realizar los trenzados de cables para atar bolsas de cemento de hasta 15 toneladas, “para que cuando girara el barco cayera a una superficie lo más recta posible”, explicó ayer a este periódico Pires, que no dudó en calificar la maniobra de estabilización como una “obra de ingeniería impresionante”.


Diez años después, el buceador tinerfeño se refiere a la experiencia como “épica”. Cuenta que llegó a conocer al capitán de la nave, Francesco Schettino -que abandonaría el crucero y acabaría en prisión- durante la reconstrucción del accidente. “Lo acompañé, junto a los carabinieri, en la simulación de las últimas horas en el puente antes de la colisión; mi labor era indicarles por dónde debían pasar”.


Pero el momento más crítico se produjo con la muerte de uno de los técnicos españoles que participaba en el operativo para acabar con el varamiento de la nave. “Era un buen amigo, sufrió un accidente cuando cortaba unas estructuras y activé el protocolo de emergencia, pero murió desangrado en mis manos”.