medio ambiente

La peligrosa invasión de plantas externas en Canarias: así afecta a las especies y ecosistemas

El científico del CSIC Jairo Patiño advierte de las plantas exóticas que siguen invadiendo y extendiéndose por Canarias mucho más allá del célebre rabo de gato, por sus afecciones a la flora autóctona y por la acción agravadora que está provocando el cambio climático

Jairo Patiño no es solo un amante empedernido de la botánica, sino un concienciado y activista en contra de la invasión de plantas externas en Canarias que sigue dándose en las Islas y que, según sus datos e impresión (dado que aclara que es muy difícil hacer un diagnóstico fiel por la compleja orografía del archipiélago y los cambios que se dan), se agrava cada vez más. Así lo evidenció en la conferencia que ofreció recientemente con motivo de la XIX Semana Científica Telesforo Bravo del portuense Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias y así lo ratifica a DIARIO DE AVISOS, advirtiendo de los efectos de este peligro para las especies endémicas y los ecosistemas canarios. Y es que, frente a esas falacias racistas, inhumanas, ultras y más que tópicas sobre la migración desde África, esta sí que es una verdadera y peligrosa invasión de Canarias.
Patiño es doctor por la Universidad de La Laguna, científico titular del Centro de Investigaciones Científicas (CSIC), miembro del Grupo de Investigación Ecología y Evolución en Islas y del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología de La Laguna. Recurriendo al último listado de especies invasoras (140), difundido a principios de este año, fundamentado en el Banco de Biodiversidad de Canarias y enriquecido con informaciones recientes y experiencias del equipo investigador que lidera, ha actualizado ese censo y divide a las plantas de riesgo entre las “naturalizadas, con cierto poder invasor, y las que sí cabe catalogar como invasoras, que deben ser prioritarias no solo en la investigación sino en el control”.
Entre estas últimas, y aparte del célebre rabo de gato, destaca la familia de los cactus (cactáceas, plantas “suculentas y muchas veces espinosas”). Enseguida, Patiño remarca los efectos del cambio climático, “con récord casi a diario o semanalmente”, porque está agravando las consecuencias de estas plantas “al tener un enorme poder invasor y, de seguir subiendo las temperaturas, pueden causar grandes problemas si, además, continuamos metiendo especies nuevas, aunque sea de forma accidental”. De momento, el listado incluye a 18 especies de este grupo.
Este especialista confiesa que tiene “una guerra abierta” con el empleo de las cactáceas en la jardinería pública. Aunque entiende que las administraciones las empleen con frecuencia por su menor consumo de agua, cree que lo que se gana en sostenibilidad se pierde por sus consecuencias en las endémicas “perfectamente adaptadas a ambientes áridos, por lo que es algo a replantearse: aunque no lo hacen todas las instituciones, sí que deberíamos usar mucho más las plantas nativas para nuestros jardines”, recalca.
Según señala, el fenómeno de los cactus se ha multiplicado y hay un montón de viveros y tiendas que los venden para jardinería a gran escala, de pequeñas dimensiones o para decorar en casa. Además, y si bien su origen principal son los neotrópicos (sobre todo Centroamérica), cada vez se prodigan más los invernaderos en Europa (incluida Canarias) para producirlos, por lo que no sabe precisar bien de dónde se importan, aunque sí insiste en sus advertencias sobre sus efectos.
Y es que, encima, “tienen una característica que los hacen aún más peligrosos por su gran capacidad de expansión, al no necesitar, en muchos casos, semillas para reproducirse, sino que la inmensa mayoría pueden hacerlo vegetativamente, asexualmente. Además, muchas dan frutos que, a su vez, son esparcidos por animales, lo que aumenta su capacidad invasora”.
El equipo de Patiño acaba de terminar un proyecto denominado precisamente Invasión, financiado por la fundación BBVA y que clasifica los efectos del cactus y otras plantas en tres zonas: el pinar, la laurisilva y el cardonal. Según sus conclusiones, están afectando, sobre todo, a muchas plantas autóctonas del último estadio, principalmente por diversas tuneras y otras que empiezan a tornarse silvestres.
Aparte de las cactáceas, y también con otras 18 especies en el listado, destacan como invasoras las plantas gramíneas, entre las que está el rabo de gato (el de mayor cobertura), “así como el plumero y otras que revisten gran gravedad para su control (ya no su erradicación) si logran llegar y extenderse por sitios de difícil acceso”.

EL DAÑO DE LA CAÑA

Entre las gramíneas, subraya la importancia de la caña común (herbácea), porque, aunque se crea que es autóctona, no lo es y su efecto es más devastador por la gran altura (hasta cinco metros) que logra en barrancos y otras partes de difícil acceso, lo que, por su sombra, impide el desarrollo de endemismos. “Es de las peores porque, aparte de ocupar mucho terreno, es un gran pirófito y catalizador de incendios”.
Sobre los plumeros de la Pampa, muy extendida en aeropuertos y sitios húmedos, explica que “está desplazando a otras, porque, en competencia, tiene más capacidad de crecimiento que las nativas, alcanzan una altura mayor en menos tiempo y le quitan las opciones de aprovechar la luz y fotosintetizarse”.
Respecto al rabo de gato, alaba lo logrado en Teno tras décadas de sensibilización, “pues casi se puede hablar de erradicación en algunas partes, aunque es una palabra muy delicada en botánica, y más con esta compleja topografía, pero sí es cierto que la asociación Abeque (sin ánimo de lucro, con voluntarios y apoyo del Ayuntamiento de Buenavista) ha logrado algo increíble en zonas como Masca”.
Patiño subraya la labor en otros núcleos, como lo que se hace con esta planta en el barranco de La Goleta (Bajamar), pero lamenta que se trate de una especie muy complicada y, de hecho, se muestra muy preocupado con la involución que detecta en Anaga en las áreas no catalogadas como espacio protegido, “donde se están dando cambios importantes, tanto en Bajamar, La Punta, María Jiménez, barranco de San Andrés y otras cuencas, donde hay unas densidades tremendas. Además, los riesgos llegan también a las partes donde más actúan los rebaños de cabras asilvestradas, como Chamorga o Roque Bermejo, que, si bien no tienen tanta densidad, sí presentan riesgos y deberíamos estar en alerta con una gestión más activa”.
“Aunque hay macizos y acantilados bien conservados –añade-, se trata de ambientes muy dinámicos que están creando zonas sin vegetación nativa, por lo que la labor de control ha de ser constante. Encima, estas invasoras son más resistentes al cambio climático, a la aridez, y van a extenderse mucho más, sobre todo en los sitios ya altamente perturbados y en medianía por el abandono de la agricultura y de jardines (nativos), no tanto en las zonas protegidas de espacios naturales”.
En este sentido, alerta de los crecientes incendios por el cambio climático y asegura que el rabo de gato está germinando y colonizando zonas afectadas o totalmente carbonizadas por las llamas e, incluso, alrededor del cono del volcán de La Palma, lo que da dimensión de su peligro.
Asimismo, apunta a los efectos del tojo en Tierra del Trigo (Los Silos), “que traerá muchos problemas porque es otro catalizador y, como otras invasoras, puede retrasar o evitar por completo la regeneración de flora nativa, sobre todo en sitios de mucha acción humana”.
Por todo, reclama más apoyo a la jardinería y viveros para que vendan más plantas sin probabilidad de expandirse o con muy poca (especies incluidas en las “listas blancas”, como palmeras tropicales, que no se naturalizan), así como mucha más sensibilización y campañas de educación ambiental para que la sociedad reaccione y luche contra lo que sí se puede llamar, con todas las letras, “invasión” de pésimos efectos si no se quiere perder lo propio, lo autóctono, lo canario.

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