Lo que comenzó como una apuesta estética en los años 40, con la llegada de palmeras desde las Islas Canarias para embellecer la capital mexicana, se ha convertido hoy en una crisis ambiental sin precedentes: cientos de ejemplares están muriendo sin remedio.
Desde hace más de una década, habitantes de la Ciudad de México comenzaron a notar que las palmeras, iconos ya del paisaje urbano, empezaban a secarse sin razón aparente. Pero no fue hasta 2021 cuando se encendieron todas las alarmas: el Gobierno de la ciudad ordenó el retiro de unas 500 palmeras secas para analizarlas y averiguar qué estaba ocurriendo.
El resultado confirmó los peores temores: la presencia de al menos 18 tipos de hongos y cinco enfermedades fitopatógenas, entre ellas plagas de fitoplasmas, que se propagan con rapidez y destruyen los tejidos internos de las plantas. El diagnóstico fue demoledor: si no se talan las palmeras infectadas, no quedará ni una sola con vida.
Una decisión sin vuelta atrás
Las palmeras canarias (Phoenix canariensis), aunque resistentes en su entorno natural, han demostrado ser vulnerables a este nuevo ecosistema urbano y a las enfermedades locales que no existían en su lugar de origen. El único método eficaz hasta ahora es el sacrificio preventivo: eliminar a los ejemplares enfermos para intentar frenar la propagación y preservar los pocos que aún están sanos.
Este cambio de paisaje ha generado debate entre expertos, urbanistas y ciudadanos. ¿Fue una buena idea introducir una especie no nativa en un entorno como el de la Ciudad de México? ¿Se pudo evitar esta situación?
Lo cierto es que cada vez ver palmeras en la capital mexicana será más raro, y quizá, en unos años, solo queden en el recuerdo y en las fotografías antiguas.






