Hace diez años, en España, aún se podía pagar un alquiler sin ahogarse, llenar la nevera sin heroísmo y vivir sin que la inflación marcara cada decisión doméstica. Eran tiempos difíciles, sí, pero el horizonte no parecía clausurado.
Mientras aquí la conversación giraba en torno a crisis cíclicas, a miles de kilómetros, en una aldea remota de Gambia, el futuro ni siquiera estaba en discusión.
En Jalo Koto, a 90 kilómetros de Banjul, la infancia crecía sin pupitres, la enfermedad era una condena sin remedio y la pobreza no era una estadística: era la norma diaria. No había escuelas. No había médicos. No había caminos hacia algo mejor. Solo una rutina de supervivencia.
En ese mismo año, desde una orilla soleada de El Médano, en Tenerife, un grupo de amigos pensaba en iniciar una transformación en sus vidas y en la de otros, quizás buscando un mundo mejor. Diez años después, Solidarios Canarios ha llevado educación, salud y esperanza a cientos de niños y familias de Jalo Koto.
Solidarios Canarios cumple una década y para echar la vista atrás, lo celebra con el estreno de un documental, donde los protagonistas no son los fundadores, sino quienes viven el proyecto cada día.
Esta vez, además, dos invitados muy especiales han cruzado el continente para contar la historia con su propia voz.
DIARIO DE AVISOS se sienta frente al Ayuntamiento de Granadilla con Dembo, un joven alto y sereno, actual coordinador del proyecto en Jalo Koto, la aldea donde él nació y comenzó esta larga andadura.
Lleva puesta una camiseta del CD Tenerife, equipo del que se declara seguidor: “Es la Isla que me lo dio todo”, dice. Repasa con claridad los primeros días de una historia que transformó su vida y la de su comunidad.
“Yo era el chofer de la camioneta que los llevó a ellos hasta aquí. En ese momento no teníamos escuela, ni médico, ni nadie que pensara en la educación como una prioridad. Nuestra vida era muy difícil”.
Hoy, en esa misma aldea, hay una infraestructura educativa de primer nivel con más de 330 alumnos, un puesto de salud, viviendas para profesores y un comedor escolar. Dembo lo resume así: “La diferencia entre antes y después es enorme. Ahora vienen niños de otros cinco pueblos cercanos a estudiar aquí. La gente se ha concienciado y la salud ha mejorado mucho”.
Pero su vínculo con el proyecto va más allá del trabajo: “Le puse a mi hijo el nombre de Toño y Estella, dos de los miembros del proyecto, porque somos hermanos. Los siento como parte de mi familia”.
El cambio empieza en las aulas
Otra voz clave en este recorrido es la de Fatu, una de las primeras profesoras que tuvo la escuela. Ella conoció el proyecto a través de Dembo, y fue él quien la presentó a los fundadores.
“Dejé la escuela pública de mi país porque Solidarios ofrecía un salario mejor y una forma de trabajar más humana”.
Hoy vive en una de las casas construidas dentro del recinto escolar. Allí come, duerme y enseña.
“Gracias a este proyecto tengo una vivienda, comida y mis nietos estudian sin coste. Nuestra vida ha cambiado completamente. Antes muchos niños no podían estudiar por falta de material. Ahora todo es gratuito: uniformes, mochilas, lápices… y también reciben comida”.
La pobreza, reconoce, sigue siendo un gran problema en el país.
“Algunas madres trabajan como cocineras en el colegio, otras lo hacen como limpiadoras o vigilantes. También en el hospital hay empleo para gente del pueblo”.
El modelo fundado en Jalo Koto, dice Fatu, no ha pasado por debajo del radar de la administración gambiana: “Nos ha felicitado hasta el ministro de Educación”.
Una década contada desde dentro
Con motivo del décimo aniversario, Solidarios Canarios ha producido un documental que recoge todo el proceso vivido por la comunidad de Jalo Koto. La particularidad es que no está narrado por los cooperantes, sino por los propios vecinos.
“Queríamos que fueran ellos los que contaran su historia. Se les ve enseñando, cocinando, trabajando…”, afirma Mendoza.
La asociación, tras el último evento benéfico, recaudó dinero para comenzar a construir nuevas aulas para ampliar la oferta educativa hasta secundaria. Y el siguiente gran paso será la creación de un centro de formación profesional donde los jóvenes puedan aprender oficios como fontanería, carpintería, cocina, informática o soldadura. “Queremos que nadie se quede sin oportunidades y que aprendan un oficio que pueda ayudar a su familia”, explica con conocimiento de causa Dembo.











