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El hongo de Chernóbil que desconcierta a científicos de todo el mundo: así podría ‘proteger’ a los humanos en Marte

Su resistencia a entornos extremos ha despertado el interés de investigadores que analizan si podría servir de modelo para mejorar la protección frente a la radiación en el espacio
El hongo de Chernóbil que desconcierta a científicos de todo el mundo. DA
El hongo de Chernóbil que desconcierta a científicos de todo el mundo. DA

Un tipo de hongo oscuro que crece en las ruinas del reactor de Chernóbil ha llamado la atención de científicos de todo el mundo. Se trata de Cladosporium sphaerospermum, una especie que es capaz de vivir en lugares donde la radiación ionizante es tan alta que otras formas de vida no sobrevivirían.

Esta resistencia ha hecho que algunos investigadores se planteen si, en el futuro, podría utilizarse como parte de nuevos sistemas de protección radiológica para misiones espaciales, según apuntan medios como la BBC.

El interés comenzó cuando, años después del accidente, los equipos que estudiaban el reactor encontraron manchas negras creciendo en paredes muy contaminadas. Era sorprendente: esos niveles de radiación destruirían células humanas en minutos, pero estos hongos seguían ahí.

Una de las claves parece estar en la melanina, el pigmento que les da su color oscuro. La melanina es conocida porque también está presente en la piel humana, donde ayuda a protegernos del sol. En los hongos, cumple algo parecido: cuando reciben radiación, su melanina cambia ligeramente y podría ayudarles a funcionar mejor en ese entorno.

Algunos estudios han observado que, cuando este hongo se expone a ciertas fuentes radiactivas, su crecimiento aumenta un poco. Es como si la radiación no solo no le hiciera daño, sino que le diera un impulso. A raíz de esto surgió la idea de la llamada “radiosíntesis”, una hipótesis que plantea que ciertos hongos podrían aprovechar parte de la radiación igual que las plantas aprovechan la luz. De momento es solo eso: una posibilidad sin demostrar del todo.

El hongo también se ha estudiado en la Estación Espacial Internacional (EEI). Allí, una fina capa de micelio —algo así como el “cuerpo” del hongo— creció bien incluso en un ambiente de microgravedad. Además, bajo esa capa se registró una ligera reducción de la radiación que recibían los sensores, como si actuara como un pequeño filtro natural. La reducción fue mínima, pero sirvió para mostrar que vale la pena seguir investigando.

¿Por qué importa esto para el espacio?

Porque uno de los grandes desafíos para vivir en la Luna o en Marte es precisamente la radiación. A diferencia de la Tierra, esos lugares no tienen una atmósfera que nos proteja. Si un material biológico pudiera actuar como una barrera adicional —aunque fuera solo una parte del sistema de protección— sería útil, sobre todo si pudiera producirse allí mismo, evitando transportar mucho peso desde la Tierra.

Aun así, los científicos recuerdan que estamos ante una idea en su fase inicial. Hace falta comprobar si este hongo puede ofrecer una protección significativa en condiciones reales y si sería viable usarlo en estructuras que habiten astronautas. También hay que entender mejor su metabolismo, porque en circunstancias normales crece alimentándose de materia orgánica, no de radiación.

Lo que sí está claro es que este hongo abre una vía de investigación interesante. Estudiarlo no solo ayuda a entender cómo la vida puede adaptarse a entornos extremos como Chernóbil, sino que también podría inspirar tecnologías para la exploración espacial del futuro.

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