En el casco histórico de La Orotava hay actualmente 530 inmuebles catalogados como bienes de interés patrimonial que están vacíos o deshabitados debido al alto coste de mantenimiento que supone su rehabilitación, la escasez de ayudas, y las dificultades y trabas administrativas para fomentar su uso.
En el número 24 de la calle Tomás Zerolo se encuentra una casona que data de 1782, finales del siglo XVIII, protegida por los planes generales y por el plan especial del casco histórico de 2012, que todavía no ha sido actualizado. Su destino iba a ser el mismo que el del resto de no ser porque su propietario, Rafael Machado, estuvo seis años luchando para poder levantar allí una cafetería, una alternativa de negocio que ha evitado que sufra un mayor deterioro aunque le ha supuesto muchos dolores de cabeza, una gran inversión, sortear obstáculos de todo tipo, sobre todo burocráticos, y seis años de trabajo. No solo por las obras, sino también porque esperó más de 24 meses para obtener la licencia del Ayuntamiento y “lo más irritante”, otros 12 para tener electricidad.
Su idea inicial era levantar un hotel rural. Una opción que finalmente descartó ya que le suponía tirar paredes maestras y al tratarse de un inmueble protegido, la normativa no le permitía tocarlas.
La cafetería de La Orotava
Finalmente decidió por darle vida a TZ24, una cafetería cuyo nombre se debe al número y la calle en la que se ubica. Abrió sus puertas hace apenas dos meses y va “poco a poco”. Por el momento, solo funciona por las mañanas ya que la facturación no le permite ampliar el horario aunque no descarta poder hacerlo en breve.
La filosofía de este vecino de la Villa fue darle no solo una segunda vida a la vivienda sino a un montón de cosas que tenía guardadas en un trastero y que fue descubriendo poco a poco.
Así, puertas que estaban tiradas y apiladas, quizás provenientes de otros edificios y adquiridas por sus progenitores, se lijaron y se les puso resina epoxi, que al echarla queda como un cristal. “Idea de Pedro” -aclara- un “manitas” que trabaja con él quien prolijamente forró los extremos y las decoró con portadas de revistas de los años 50, de discos de 45 revoluciones, y láminas de flora de Tenerife. Todas son diferentes. En una de las mesas lucen las de Triunfo, “la revista progre del momento, y la que todos los jóvenes leíamos”, apunta. En otra, anexa, se pueden ver las de Playboy, de contenido adulto y muy popular tras la finalización de la dictadura franquista.
Pese a todas las dificultades, Rafael Machado considera que intervenciones de este tipo son las hay que hacer con las casonas que hay en La Orotava para poder preservarlas, dado que las generaciones más jóvenes no lo consideran una opción habitacional. “Además de ser incómodas, muchas tienen problemas como goteras, el agua caliente tarda en llegar, y el frío se siente sobremanera”, por citar algunos ejemplos.
“Son casas manifiestamente reparables hasta la completa ruina del propietario”, bromea. La única subvención que recibió en todo ese tiempo para arreglar el inmueble, provino del Cabildo de Tenerife y fueron 20.000 euros destinados a reparar las columnas que estaban carcomidas porque les llegaba el agua a los pilares, y las fue cambiando de manera gradual.
La casa la adquirió su abuela a comienzos del siglo XX, antes de la primera guerra mundial, pero previamente había estado ocupada. Los antiguos propietarios la mantuvieron y cambiaron el exterior por una fachada modernista ya que la anterior era de piedra.
Conserva el suelo de entonces y una de las cosas que más llama la atención es un gran mural en el jardín pintado por Sabotaje al Montaje sin ningún significado especial. La única indicación que le dio Rafael fue quería flora de la Isla y el artista le añadió su sello personal.
Allí también se puede disfrutar del aroma que desprenden las plantas de citronella y de un rincón muy especial que rinde homenaje a los carpinteros de La Orotava, piezas que estaban tiradas en un trastero, como el capitolio de una librería, el cabecero de una cama, y utensilios que él recogió y acomodó en un cuadro sobre la pared. “El objetivo es visibilizarlos ya que en los años 50 había 45 licencias de carpinterías en el municipio y actualmente solo quedan 6”, subraya.
El interior también alberga pequeños tesoros. Baúles, colecciones de libros, y de cuadros con fotos de los charcos que hay en la Isla para que la clientela tenga referencias y pueda disfrutarlos, una obra de la arquitecta Claudia Rodríguez de Azero con “toques surrealistas”.
La historia de Rafael Machado y TZ24 es, en el fondo, la historia de una victoria privada frente a un problema público. Cada mesa restaurada, cada detalle de carpintería rescatado, y cada columna consolidada, representa un esfuerzo solitario que va más allá del beneficio económico. El alto coste de preservar el patrimonio no puede ser asumido por todas las personas propietarias para ‘salvar’ los inmuebles catalogados vacíos que quedan.
TZ24 es, sin quererlo, una advertencia para que las administraciones simplifiquen los trámites y aprueben, de una vez, ayudas destinadas a una labor esencial de rescate cultural.





