Hace más de dos décadas, Canarias vivió uno de los episodios meteorológicos más intensos de su historia reciente: un episodio de calima sahariana que el 6 de enero de 2002 cubrió las Islas de polvo rojizo, redujo drásticamente la visibilidad y alteró la vida cotidiana durante varios días. Coincidiendo con el Día de Reyes, aquel fenómeno dejó imágenes que aún hoy permanecen en la memoria colectiva.
Un fenómeno natural fuera de lo habitual
La calima es un fenómeno meteorológico recurrente en Canarias durante los meses de invierno, provocado por la llegada de polvo en suspensión procedente del desierto del Sahara. Arrastradas por vientos del este o sureste, estas partículas tiñen el cielo de tonos amarillos, anaranjados o rojizos, disminuyen la visibilidad y pueden afectar a la calidad del aire.
Sin embargo, el episodio registrado el 6 de enero de 2002 superó con creces lo habitual. Una configuración atmosférica poco frecuente, con una borrasca al sur del Archipiélago, generó fuertes vientos que transportaron cantidades excepcionales de polvo sahariano hacia las Islas, dando lugar a una de las calimas más intensas documentadas hasta entonces.
Cielos rojos y visibilidad mínima en Canarias
Desde primeras horas de la mañana, Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura amanecieron bajo un manto denso de polvo. Con el paso de las horas, el fenómeno se extendió a otras Islas como Tenerife y La Palma. El cielo adoptó un color rojizo intenso, con una atmósfera opaca que muchos describieron como “irreal”.
La visibilidad se redujo de forma drástica, en algunos puntos por debajo de los 300 metros, lo que obligó a extremar las precauciones en carreteras y afectó de lleno al transporte aéreo. Varios vuelos fueron cancelados o sufrieron importantes retrasos, especialmente en los aeropuertos más orientales del Archipiélago.
Un episodio que se prolongó durante días
Lejos de ser un fenómeno puntual, la calima de enero de 2002 se mantuvo durante varios días, con altibajos en su intensidad. El polvo sahariano no solo se concentró en las capas bajas de la atmósfera, sino que también quedó suspendido a mayor altitud, generando un escenario inédito: las cumbres más altas parecían emerger por encima de un “mar” de polvo.
Este tipo de situaciones, con acumulación de partículas en distintos niveles atmosféricos, contribuyó a que la sensación de opacidad y asfixia se prolongara en el tiempo, afectando a la actividad diaria de miles de personas.
Efectos sobre la salud y el entorno
Aunque no se difundieron entonces alertas sanitarias tan detalladas como las actuales, los niveles de partículas en suspensión alcanzados durante aquel episodio fueron extraordinarios. Este tipo de situaciones suele asociarse con un aumento de molestias respiratorias, especialmente en personas con asma, afecciones pulmonares o enfermedades cardiovasculares.
Además, la intensa presencia de polvo afectó a la calidad del aire en zonas urbanas de Canarias, ensució infraestructuras, vehículos y viviendas, y obligó a muchas personas a limitar actividades al aire libre, cerrando ventanas y reduciendo desplazamientos.
Un episodio que marcó un antes y un después
La calima del 6 de enero de 2002 se convirtió en un referente meteorológico en Canarias. Desde entonces, ha sido utilizada como término de comparación en episodios posteriores de intrusión de polvo sahariano, incluidos los más recientes.
Más allá del impacto visual, aquel episodio sirvió para reforzar el seguimiento de estos fenómenos y la importancia de los sistemas de alerta temprana. Hoy, con una mayor capacidad de predicción y protocolos de actuación más claros, Canarias está mejor preparada para afrontar futuras intrusiones de polvo sahariano. Pero la “tormenta roja” de Reyes de 2002 sigue siendo, para muchos, la calima más impresionante jamás vivida en el Archipiélago.






