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La erupción que separó Arafo y Güímar cumple 321 años

El volcán de Las Arenas cerró cuatro meses de ciclos eruptivos en el Valle de Güímar; sucedió el día de la Patrona y los seísmos sembraron el miedo en la Isla

La semana pasada se cumplieron 321 años de la erupción del volcán de Las Arenas, mejor conocido como volcán de Arafo, un fenómeno que cerró un inquietante triplete eruptivo en el Valle de Güímar y que marcó para siempre su paisaje, su historia y también su memoria espiritual.

La erupción de Arafo, iniciada el 2 de febrero de 1705, se produjo en plena celebración del día de la Virgen de Candelaria. Los volcanes no entienden de festividades.

“Durante el acto del día de la Patrona, la basílica empezó a temblar; rapidamente sacaron a la imagen con el temor de que uno de los brazos de la lava se la llevase (como una tormenta hizo posteriormente en el año 1826)”, relata el cronista de Güímar Octavio Rodríguez Delgado, quien recuerda que aquel día se concentraba en la zona “media isla, con autoridades del Cabildo de La Laguna, religiosos y cargos civiles”.

Seis años y cuatro volcanes

La erupción de Arafo fue la tercera y última de una cadena iniciada a finales de 1704 con el volcán de Siete Fuentes, en Arico, y continuada semanas después con el de Fasnia.

En conjunto, Tenerife vivió casi cuatro meses de zozobra hasta que Arafo puso fin a uno de los episodios eruptivos más intensos y traumáticos de su historia. A este ciclo se sumaría, apenas un año después, la erupción del Volcán de Arenas Negras, que entró en actividad el 5 de mayo de 1706 y sepultó el puerto de Garachico. Seis años y cuatro volcanes distintos.
La grieta volcánica se abrió en los altos del valle, en la Caldera de Pedro Gil, a unos 1.400 metros de altitud. Desde allí, la lava descendió por el Barranco de Arafo, una profunda garganta natural que acabaría colmatada por completo.

“Era un gran barranco, y la lava bajó por ahí. A diferencia del volcán de Fasnia, que no llegó al pueblo y descendió solo por el cauce, el de Arafo se desbordó en varios brazos”, explica Rodríguez Delgado.

Las coladas se dividieron en tres frentes principales. El más largo avanzó hacia el pueblo de Arafo y alcanzó los actuales barrios de El Carmen y San Francisco Javier; otro se dirigió hacia Güímar, afectando a zonas como Chacaica, donde “se llegó a amenazar directamente al pueblo”; y un tercer brazo, más corto, se detuvo en las medianías.

DIEZ Y DOCE VECES AL DÍA

En su avance, la lava “se llevó por delante fuentes, manantiales y terrenos de cultivo de gran valor”, dejando sin abastecimiento de agua al municipio y creando una barrera de piedra que dividiría definitivamente a Arafo y Güímar.

El impacto no fue solo material. Durante semanas, la isla vivió bajo una intensa actividad sísmica. Según los relatos recogidos por el historiador canarión Agustín Millares Torres, el volcán comenzó a rugir con “continuos terremotos, que sacudían el suelo en todas direcciones, hasta diez y doce veces al día, no cesando en sus convulsiones hasta el 29 de marzo”.

Las crónicas recogen al menos dieciséis fallecidos, la mayoría a causa del pánico o por el derrumbe de viviendas, especialmente en el Valle de La Orotava, donde los temblores se sintieron con especial intensidad.

“La gente dormía en las huertas por miedo. Las fauces del volcán emitían sonidos ensordecedores y el pánico de que se te cayese la casa encima obligaba a los vecinos a dormir a la interperie”, afirma Rodríguez.

El investigador recuerda en su crónica que “esa humeante cicatriz cambió para siempre la faz del Valle y obligó a los vecinos de Arafo a establecerse en la zona de El Llano, donde décadas antes habían levantado la ermita de San Juan Degollado”.

Hoy, más de tres siglos después y una extinta memoria oral, las coladas solidificadas, los campos de escoria y el trazado del antiguo barranco permanecen como una cicatriz visible en el territorio. De vez en cuando, las entrañas de las Islas vuelven a recordarnos de qué están hechas.

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