En el ritmo frenético de la vida cotidiana, nuestra sociedad cae con demasiada frecuencia en el error de confundir el progreso tecnológico y productivo con una evolución necesariamente positiva. Aunque muchas veces esto es cierto -el hecho de que en apenas un siglo los españoles hayan ganado cerca de 40 años de esperanza de vida así lo demuestra-, también existen tradiciones, costumbres y prácticas que evidencian que aún tenemos mucho que aprender de nuestros antepasados.
Hoy en día, dentro de un mercado alimentario capitalista y globalizado, cerca del 30% de los cultivos se desperdician antes siquiera de abandonar el campo. Productos que no cumplen con los estándares estéticos o cuya recolección no resulta rentable para el agricultor acaban perdiéndose, lo que supone una merma considerable de frutas, verduras y hortalizas. Frente a esta situación, el colectivo tinerfeño La Rebusca ha decidido mirar al pasado en busca de soluciones.
No hace tanto tiempo, en Canarias era habitual que, tras las cosechas, los agricultores invitaran a los vecinos a entrar en sus terrenos para recoger aquello que quedaba y no se iba a aprovechar. “Aquí, a esta tradición se le llamaba la rebusca y se hacía principalmente con las papas”, explica Iñaki Granda, uno de los fundadores y secretario de la entidad que ha adoptado el nombre de esta práctica. Desde hace unos meses, esta iniciativa busca recuperar esa cultura del aprovechamiento, colaborando con agricultores para rescatar y donar aquellos productos que no tienen salida en el mercado a entidades sociales, que a su vez los distribuyen entre personas vulnerables.
Aunque su trayectoria es todavía reciente -hace apenas unos días se constituyeron oficialmente como asociación-, el trabajo comienza a dar sus frutos. “En estos meses hemos hecho cinco actividades de rebusca y recogido ya más de cuatro toneladas de alimentos, principalmente coles, lechugas, calabacines y pimientosque se iban a quedar en el campo”. Una labor que sería imposible sin el apoyo del voluntariado que les acompaña en cada jornada.
“Este proyecto tiene tres patas importantes: los agricultores, que deben colaborar, conocer nuestra labor y avisarnos cuando vayan a dejar producto en el campo; el voluntariado, formado por personas que dedican una mañana a esta actividad; y las entidades sociales o comedores sociales a los que donamos los alimentos recogidos”, señala Iñaki.
Sembrar un cambio
En el origen del proyecto se encuentra un grupo de unas ocho personas. “Como nexo común tenemos a un profesor de la Universidad de La Laguna, de la Escuela de Agrícolas, que nos conocía un poco a todos y, en distintos contextos, nos fue hablando del problema del desperdicio alimentario, un tema que le preocupaba y sobre el que le gustaría trabajar”.
A partir de ahí, cuenta el secretario de la asociación, comenzaron a reunirse para ver qué se podía hacer en la Isla. Tomando como referencia el proyecto catalán Espigoladors, que lleva más de una década recuperando productos abandonados en el campo con fines sociales, fueron dando forma a la iniciativa. “Presentamos un proyecto a la Cátedra de Medio Ambiente de la Universidad de La Laguna y al Cabildo, y les gustó. Nos dieron una pequeña financiación, un primer impulso para empezar a funcionar”.
Además, cuentan con el apoyo de organizaciones agrarias como COAG y Asaga, “para difundir lo que hacemos y llegar a más agricultores”, ya que esa es, ahora mismo, la principal prioridad de La Rebusca. “Nuestro punto débil es conseguir que más agricultores nos conozcan y colaboren”. Lo más importante, reconoce, es “generar confianza”. Por ello, subraya, “trabajamos de forma muy organizada: hacemos convenios, visitas previas y contamos con seguros para el voluntariado. Todo está bien estructurado”.
De momento, la entidad que más está colaborando es una explotación agrícola en Güímar, que suministra a supermercados como Mercadona o Lidl. “La semana pasada recogimos una tonelada y media de coles en apenas dos horas. Fue tanta la cantidad que la entidad a la que iba destinada no pudo llevárselo todo y tuvimos que buscar otra alternativa para repartirlo”.
Además, el potencial de estos productos puede ir más allá de su consumo directo. En Cataluña, Espigoladors cuenta con un obrador donde transforman parte de lo recogido en mermeladas o conservas. En otros países, algunas start-ups como la francesa Leggun convierten descartes agrícolas en productos como cosméticos. “Creemos que, si contamos con el apoyo de las administraciones en el futuro, aunque el fin social es prioritario, el proyecto también puede tener recorrido hacia una línea más empresarial o abrirse a otras vías de desarrollo”, señala Iñaki.
Más allá de rescatar toneladas de alimentos, La Rebusca quiere también salvar una relación con el campo cada vez más diluida en las ciudades. “Es una forma de volver a conectar con los agricultores, de que las personas voluntarias vean de primera mano lo que cuesta producir un alimento tan simple como una col y aprendan a ponerlo en valor”. Todo ello contribuye a retomar una lógica de aprovechamiento que, como recuerda, “antes la gente tenía más interiorizada y se ha ido perdiendo”. Porque, al final, prácticas como esta no solo evitan el desperdicio, también pueden ayudar a construir una sociedad más consciente y sostenible. Y recuperarla “también es parte del objetivo”.







