“Yo no hablo de sexo, sino de amor, porque el amor es aquello que mueve el mundo”. Esta frase es de Óscar Monzón, de profesión actor, decorador y jugador de dominó, que murió ayer en Santa Cruz, una ciudad a la que amaba, a pesar de que su origen era canarión. Óscar fue un genio como persona y un gran actor de cine, que hizo el papel de “El Repe” en la película Los chicos del Preu, que interpretó papeles más o menos relevantes en otra media docena de filmes y que fue un precursor de la movida madrileña. En el teatro llegó a dirigir una versión de la novela de Unamuno, La tía Tula.
En la entrevista que le hice en este periódico el día 4 de noviembre de 2019. Óscar –dos hijos tinerfeños varios nietos— dijo que en 1958 (había nacido en Las Palmas en 1943) se fue de su casa buscando Londres, pero se quedó en Cádiz “que no me gustó nada”, se subió a un tren correo para Madrid, dejó la maleta en Atocha y se recorrió varias veces la Gran Vía, desde Cibeles, ida y vuelta. “No sabía qué hacer”, confesó.
En una de estas idas y venidas conoció al político canario Jerónimo Saavedra y a un grupo de estudiantes isleños distribuidos por colegios mayores de Madrid. Gracias a ellos sobrevivió y se metió en la Escuela de Cine, donde tuvo contacto con los mejores directores e intérpretes del cine español. Era amigo de Emilio Gutiérrez-Caba.
Pedro Lazaga le dio un papel protagonista en Los chicos del Preu (1963) y a partir de ahí lo llamaron varios realizadores. En 2019 protagonizó, con su antigua novia Carmen Lomana, un programa de televisión: “Más que un novio yo fui un padre para Carmen”, me dijo Óscar, tras la emisión del espacio Volverte a ver, en Tele 5.
En los chicos del Preu trabajó junto a Emilio Gutiérrez-Caba, Karina, Camilo Sesto y otros. Esa incursión en el cine lo hizo famoso en Madrid. Óscar, con Franco vivo, fue un precursor de la movida: pantalones acampanados, camisitas de satén, rubio, peinadito a la moda. “Algunos creían que yo era mariquita”, me dijo, descojonado, en la citada entrevista en Los Limoneros. Y eso era buena cosa, porque cuando se deshacía el misterio, Oscar triunfaba el doble, según me contó más tarde.
Pero el paso de los años no perdona. Óscar Monzón había cumplido los 83. Y unas complicaciones de su corazón, de su enorme corazón, deterioraron mucho su salud en los últimos meses.
Asistió puntualmente a todos mis cumpleaños y era el encargado de abrir los regalos. Era un espectáculo esa ceremonia, desde un balcón del hotel donde se celebraban aquellas fiestas, cuando atábamos los perros con longaniza.
Ayer falleció. Era vitalista, gracioso, un superviviente, que adoraba a sus nietos. Vivía muchos sus recuerdos, pero sin una pizca de fanfarronería, pura sencillez. Fue un “precursor de la moda juvenil”, como decía, de coña. Todavía lo estoy viendo, con su jersey anudado al cuello, la mirada viva y el estilo de un gentleman. Descanse en paz una persona inolvidable.






