En una isla perdida del Ártico noruego, una cámara acorazada e inexpugnable guarda millones de semillas de todo el planeta, por si algún día, el mundo se acabara. La llaman la Bóveda del Fin del Mundo, el arca que debería garantizar que la vida vegetal pudiera volver a empezar. A miles de kilómetros de aquel búnker, esta vez en un discreto laboratorio de Tenerife, Innoceana y el Cabildo de Tenerife custodian su propia reserva del futuro marino. En este caso no son granos de trigo ni de arroz, sino las primeras semillas de sebadal recogidas en el sur de la Isla, que ya germinan, lejos de las mareas, con el objetivo de devolver la vida a un fondo que lleva décadas apagándose.
El proyecto que ambas administraciones desarrollan ha completado su primera campaña de recogida de semillas de sebadal (Cymodocea nodosa), una actuación amparada por la autorización del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO). Buena parte del material previsto en el permiso ya descansa en las instalaciones de la organización, donde ha comenzado un delicado proceso de germinación en condiciones controladas.
Dos praderas donantes
Las semillas proceden de dos parches donadores cuidadosamente seleccionados: uno en la bahía de El Médano y otro en el entorno de La Jaquita, dos praderas con una alta producción natural de semillas. Esa abundancia es precisamente lo que permite recolectarlas sin debilitar el ecosistema de origen ni mermar su capacidad de regenerarse. La elección de estos enclaves responde a la metodología que el propio MITECO fijó en la autorización, pensada para que la obtención de la planta “sea compatible con la protección del hábitat”.
Seguimiento de la evolución
En esta fase entra en juego un aliado con galones científicos, el Grupo de Fisiología y Biotecnología de Vegetales Marinos de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), que acumula cerca de cuatro décadas trabajando en la propagación y el cultivo de plantas marinas en laboratorio. Su experiencia es la que sostiene el desarrollo de la metodología de germinación y cría de las plántulas.
Durante los próximos meses, el equipo seguirá de cerca cómo evolucionan esas semillas. El objetivo es obtener plántulas viables para las primeras actuaciones piloto de restauración. Si todo avanza según lo previsto, las primeras plantas podrían estar listas para su trasplante al medio natural en torno a tres meses.
Esta nueva etapa forma parte de una línea de trabajo que Innoceana mantiene desde hace ocho años sobre los sebadales de Tenerife, con proyectos de investigación, seguimiento científico, educación ambiental y colaboración con las administraciones. La restauración mediante semillas añade una herramienta más a esa estrategia para recuperar las zonas degradadas.
Al frente se encuentra un equipo de biólogos y conservacionistas de la propia comunidad canaria, que combina el rigor del laboratorio con la participación ciudadana; más de un centenar de personas que han conocido de primera mano por qué importan estas praderas.
Y es que el sebadal es mucho más que una alfombra verde sobre la arena. Estos ecosistemas dan refugio y zona de cría a numerosas especies, fijan los fondos arenosos, depuran el agua y atrapan carbono, una función nada menor frente al cambio climático.
“Los sebadales son uno de los grandes tesoros naturales de Canarias”, subraya Carlos Mallo, CEO de Innoceana. “Durante décadas nos han protegido sin que apenas nos diéramos cuenta: sostienen la biodiversidad, mejoran la calidad de nuestras aguas y ayudan a hacer nuestras costas más resilientes frente al cambio climático. Restaurarlos es importante, pero todavía lo es más conservar los que aún permanecen en buen estado”.
Restaurar no basta
Esa última frase enfrasca la advertencia de fondo. Desde la organización insisten en que ninguna repoblación “servirá de mucho si no se atajan las presiones que siguen castigando a estas praderas”. Entre las principales amenazas figuran el fondeo de embarcaciones con anclas sobre el sebadal, la ausencia de fondeos ecológicos en muchas zonas náuticas, el avance urbanístico del litoral y el deterioro del agua por vertidos y aguas residuales.
El balance reciente no admite complacencias: en las últimas décadas, Canarias ha perdido más de la mitad de la superficie de sus sebadales. De ahí que conservar las praderas que aún resisten sea tan urgente como recuperar las que ya se marchitaron.
“Por ahora, el futuro de buena parte de ese fondo marino cabe en unos recipientes”, bromea Mallo.
La campaña que acaba de cerrarse abre una fase decisiva basada en comprobar si la germinación y el cultivo funcionan antes de devolver las plantas al mar. Si la apuesta cuaja, Jardineros del Mar dejará una metodología que otras islas podrán seguir






