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Esclavos y ajusticiados enterrados en el Cementerio de La Orotava

La última esclava que falleció en la Villa fue una criada, de 80 años, de Francisco Valcárcel, enterrada de limosna en 1826
Esclavos y ajusticiados enterrados en el Cementerio de La Orotava

El Cementerio de La Orotava fue bendecido el 19 de julio de 1823 por el vicario y beneficiado de la parroquia de la Concepción de La Orotava Domingo Currás Abreu, tras la Real Orden de Carlos III de prohibir definitivamente los enterramientos en las iglesias, ermitas y conventos. Ese mismo día, se enterró en dicho camposanto su primer cadáver, el del niño, de seis años más o menos, Vicente Barroso, hijo legítimo de Domingo Barroso Martínez, natural de esta referida villa, y de María Candelaria de León, natural de la isla de El Hierro, que murió repentinamente. Vicente había nacido en La Orotava el 27 de octubre de 1816, siendo bautizado en la iglesia de La Concepción el 31 de dicho mes, por el presbítero Gregorio Hernández Neda, quien le puso por nombre Vicente Juan Josef del Sacramento. Vicente era nieto por línea paterna de Josef Hernández Barroso natural del Realejo de abajo y de María Martínez, natural de Icod; y por línea materna de Juan de León y Frías y María de las Nieves Quintero naturales de la isla del Hierro.


Durante siglos, se han enterrado en este cementerio, no solo a todos los residentes de La Orotava, sino también a todos los que fallecían en este pueblo, aunque fueran de otros lugares. Y como es conocido, el cementerio estuvo declarado en entredicho, por el obispado nivariense durante 26 años, por el entierro en dicho lugar de dos masones, José Nicolás Hernádez (1878) y el VIII marqués de la Quinta Roja, Diego Ponte del Castillo (1880). El obispo Nicolás Rey Redondo levantó el entredicho que pesaba sobre el camposanto, el 23 de abril de 1904, y mandó además que se procediera a reconciliarlo.


Lo curioso es que en este mismo camposanto se enterraron a otros masones, compañeros de logia de los anteriormente citados, sin que ocurriera nada. Así por ejemplo, el marqués de Celada, Ecónomo Rector de la parroquia de La Concepción mandó dar sepultura eclesiástica al cadáver de Miguel B. Espinosa de los Monteros, el 19 de marzo de 1898; Inocencio García Feo, también Ecónomo de esta parroquia mandó igualmente dar sepultura eclesiástica al cadáver de Andrés Reyes de León, el 16 de febrero de 1912; o Manuel Martínez Rodríguez, párroco de la misma iglesia, también mandó dar sepultura eclesiástica al cadáver del también masón Fernando Pineda Pineda, el 16 de septiembre de 1904. Es de destacar que en estos tres casos, todos recibieron los sacramentos, si bien, en el caso de Andrés Reyes solo el de la extremaunción.


Pero este cementerio fue también lugar de enterramientos, no solo de masones, sino de los últimos esclavos y ajusticiados de La Orotava, porque aún en el siglo XIX, había esclavos en esta Villa. La última esclava que falleció en La Orotava, o que al menos había sido esclava, fue Juana, una mujer de cosa de ochenta años más o menos, de quien se ignora quiénes son sus padres. Fue enterrada de limosna en este cementerio de La Orotava el 8 de septiembre de 1826, siendo ya libre. Durante muchos años fue esclava y criada de don Francisco Valcárcel, residente en la provincia de Caracas, en el puerto de La Guaira.


Durante el siglo XIX fallecieron otros tres esclavos en La Orotava, pero fueron enterrados en iglesias porque aún no se había bendecido el cementerio. La primera fue Rosa, esclava de la casa de los marqueses de la Quinta Roja, quien falleció con 84 años, en febrero de 1811, siendo enterrada el día 11 de dicho mes en la iglesia de San Francisco.


El segundo fue José Valentín, quien fue enterrado de limosna en la iglesia de la Concepción el 16 de abril de 1812, a la edad de 40 años. Jose Valentín, casado con Josefa Reyes, era hijo de los chasneros Tomás Valentín y de la esclava Josefa, por lo que según y conforme al derecho vigente, el hijo seguía la condición materna: si la madre era esclava, el hijo nacía esclavo; si la madre era libre, el hijo nacía libre, con independencia de quién fuese el padre.

Este principio explica la continuidad de determinados linajes esclavos durante varias generaciones en Tenerife.


Curiosamente el siguiente entierro que se celebra en La Orotava es el de la viuda de Jose Valentín, Josefa Reyes, quien falleció seis días después que su marido, a la edad de cincuenta años, y que como él, también fue enterrada en la iglesia parroquial de La Concepción. José Valentín y Josefa Reyes se habían casado en la iglesia de San Antonio de Padua, en Granadilla, el 29 de octubre de 1790. Curiosamente en su certificado matrimonial aparecen los padres de José, Tomás Valentín y Josefa Delgado, como libertos. Dato importante que reflejaría que si bien ambos fueron esclavos, obtuvieron la libertad antes de la celebración de este matrimonio.


El tercero fue el entierro en la ermita de San Sebastián, de Patricio Antonio del Sacramento, quien falleció en La Orotava, a los cuarenta años de edad, el 29 de julio de 1817. Al igual que en el caso de José Valentín, Patricio también era hijo de una esclava, María Antonia, propiedad del coronel Francisco Manrique. Patricio estaba casado con Francisca Verde, siendo todos naturales de La Oliva en Fuerteventura.

Ajusticiados


De todos los ajusticiados enterrados en el cementerio de la Orotava, el caso más llamativo es el del joven de diecisiete años Demetrio Villar, quien tras ser conducido al cementerio por los eclesiásticos una vez ajusticiado, fue descuartizado, antes de ser enterrado, como así consta en los libros sacramentales de la iglesia de La Concepción. El hecho ocurrió el 23 de mayo de 1833. Que un reo sea descuartizado en esta fecha es bastante excepcional y sobre todo después de que Fernando VII aboliera una año antes la horca para las ejecuciones ordinarias y estableciera el garrote vil como método de ejecución invocando razones de humanidad y decencia. Aunque también es cierto que esta reforma no eliminó todas las penas accesorias para determinados delitos considerados especialmente graves, como parece ser el caso.


Antiguamente se ordenaba el descuartizamiento tras la muerte como pena accesoria para exponer los restos y fuera una advertencia para la población de las consecuencias de determinados crímenes. La doctrina jurídica castellana justificaba expresamente esta práctica por la necesidad de servir de “ejemplo y terror.” Pero en esta época ya no se contemplaba esta exhibición.


Lo que sí está claro es que el párroco José García Sosa, está resumiendo en esta partida de enterramiento, el contenido de la sentencia judicial. Demetrio Villar no fue ejecutado como impenitente, porque recibió los sacramentos, es decir, murió reconciliado con la iglesia. Era hijo de Francisco Villar Salcedo y de María Oramas, y nieto por línea paterna de José Villar Salcedo y de María Duranza y por línea materna de Manuel Oramas y de Isabel Perlasa. Tenía al menos tres hermanos más: Pedro, Catalina y Nicolás, quien nació en La Orotava en octubre de 1831. Su padre falleció en mayo de 1847 de disentería a los 61 años de edad, habiendo vivido en la hacienda de San Nicolás.


Otros ajusticiados en La Orotava y que posteriormente fueron enterrados en el cementerio de la Villa fueron: el joven Juan Ramos, de 19 años, cuya cadáver fue conducido el 23 de mayo de 1833, al cementerio por los eclesiásticos después de haber sido ejecutado; el lanzaroteño Juan García Cachaplu, ajusticiado y enterrado el 8 de abril de 1835, tras asesinar a una mujer, que se dijo cortejaba; a Agustín Acosta, ejecutado por la Real Audiencia de esta isla, y enterrado en el cementerio orotavense el 14 de febrero de 1824; y a la viuda María Martín, de 54 años, que fue fusilada el 5 de noviembre de 1841 tras ser condenada a esta pena por disposición superior.

*Miembro de la Sociedad Genealógica y Heráldica de Canarias

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