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Los promotores del Tenisca que acabaron como exiliados por sus ideales

Los revolucionarios hermanos Calero Labesse en la historia del fútbol isleño
Los promotores del Tenisca que acabaron como exiliados por sus ideales
El Tenisca en 1931. Fotos Antigua de La Palma

Pocos sabrán que la historia del fútbol en Canarias está ligada a muchas figuras del republicanismo, que entregaron su vida a la participación social y política, hoy hablaremos de dos ejemplos de ello, los hermanos palmeros Domingo y Jacobo Calero Labesse. Su historia resume buena parte de las esperanzas, luchas y tragedias que marcaron a toda una generación de canarios durante el primer tercio del siglo XX. Ambos nacieron en Santa Cruz de La Palma, los dos encarnaron el compromiso político y social de una juventud que creyó posible construir una sociedad más justa y que terminó enfrentándose a la represión, el exilio y la dispersión provocados por la Guerra Civil y la dictadura franquista.

Como tantos jóvenes de la época, crecieron en un contexto de profundas transformaciones sociales y políticas. La crisis del sistema de la Restauración, las consecuencias de la guerra de Marruecos y el impacto internacional de acontecimientos como la Revolución Rusa alimentaron entre numerosos sectores populares el deseo de cambio. Los hermanos Calero no fueron ajenos a esa realidad.

En la Nochebuena de 1922, Domingo Calero participó, con apenas quince años, en la fundación de la Sociedad Deportiva Tenisca, una de las instituciones deportivas más importantes de La Palma. Aquel grupo de jóvenes, ninguno mayor de veinte años, no solo compartía la pasión por el fútbol, sino también inquietudes culturales y sociales que pronto se traducirían en una creciente actividad pública. Jacobo, por su parte, también estuvo vinculado desde muy temprano al movimiento deportivo local.

La llegada de la Segunda República en 1931 supuso para ambos la posibilidad de canalizar políticamente sus inquietudes políticas. Primero participaron en organizaciones republicanas juveniles y, posteriormente, se incorporaron a la Agrupación Socialista de Santa Cruz de La Palma. Sin embargo, su evolución ideológica fue rápida. Influenciados por las corrientes marxistas y por el crecimiento del movimiento obrero, acabaron acercándose al comunismo, como herramienta para combatir las desigualdades sociales.

Los hermanos colaboraron estrechamente con periódicos obreros, como Espartaco, medio que se convirtió en uno de los principales espacios de difusión de las ideas del PCE en la isla. Mientras Jacobo participó en labores organizativas y administrativas, Domingo desarrolló tareas de redacción y propaganda política.

Los promotores del Tenisca que acabaron como exiliados por sus ideales
Portada del periódico Espartaco del 1 de mayo de 1932

A comienzos de los años treinta se integraron en la Agrupación Obrera y Campesina impulsada por el maestro José Miguel Pérez, considerada el germen del Partido Comunista de España en La Palma. Compartieron militancia con figuras destacadas del movimiento obrero insular y participaron en numerosos actos públicos, mítines y campañas de solidaridad internacional. Sus discursos y escritos reflejaban una visión cada vez más crítica tanto con el capitalismo como con los sectores republicanos moderados isleños, a los que acusaban de no responder a las demandas de la clase trabajadora.

La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 pareció abrir una nueva etapa de esperanza. Sin embargo, pocos meses después, el golpe militar encabezado por Franco desencadenó la Guerra Civil. En La Palma, como en otras partes del archipiélago, la situación cambió radicalmente en cuestión de días. Tras apenas una semana de control republicano, la isla quedó bajo dominio de los sublevados con la llegada del cañonero Canalejas, comenzando una intensa represión contra militantes de izquierda, sindicalistas y dirigentes políticos.

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Llegada del Canalejas a Santa Cruz de La Palma en julio de 1936

La represión contra el movimiento obrero palmero

Ante el peligro de detención o ejecución, numerosos republicanos buscaron refugio en las montañas. Entre ellos se encontraban Domingo y Jacobo Calero. Durante meses sobrevivieron ocultos gracias a la ayuda de familiares y simpatizantes que les proporcionaban alimentos e información. Aquella vida clandestina, marcada por la incertidumbre y el aislamiento, constituyó una de las experiencias más duras de su existencia.

La oportunidad de escapar llegó en enero de 1937. Junto a compañeros de ideales como Florisel Mendoza, Juan Rodríguez Acosta, Manuel Brito García, delegado del Comité de la Federación de Trabajadores de La Palma, Ernesto Pérez Martín, directivo de la Agrupación Socialista de Santa Cruz de La Palma, Francisco Pérez Triana, Gregorio de Paz Pérez y el militante de la CNT de Las Palmas, Manuel Azcárate Marina, lograron apoderarse del velero Añaza y emprender una arriesgada travesía hacia la costa africana. Tras alcanzar Port-Étienne, en la actual Mauritania, se enfrentaron a nuevas dificultades. Las autoridades coloniales francesas mostraron inicialmente reticencias hacia los refugiados, que dependieron de la solidaridad de trabajadores, pescadores y militantes antifascistas para subsistir.

Gracias a una compleja cadena de apoyos internacionales consiguieron finalmente viajar a Senegal y, desde allí, embarcar rumbo a Francia. Poco después llegaron a Valencia, entonces capital de la República. Ambos se incorporaron de inmediato al esfuerzo republicano, participando en el Frente Antifascista de Canarias y labores administrativas.

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Hermanos Calero a su llegada a Valencia, arriba Domingo, debajo Jacobo. Foto de Florisel Mendoza

La derrota republicana en 1939 abrió un nuevo capítulo: el exilio. Como cientos de miles de activistas y militantes, los hermanos tuvieron que abandonar definitivamente su país. Sus caminos, sin embargo, tomaron direcciones distintas.

Domingo Calero fue uno de los pasajeros del legendario Winnipeg, el barco fletado gracias a las gestiones del poeta chileno Pablo Neruda, para trasladar refugiados españoles a Chile. Allí desarrolló una intensa actividad periodística y sindical, manteniéndose fiel a sus ideales durante toda su vida. Llegó a dirigir publicaciones obreras y colaboró en diversos medios vinculados al exilio republicano.

Jacobo permaneció inicialmente en Francia. Durante la ocupación nazi participó en la resistencia organizada por los Francotiradores y Partisanos, vinculados al Partido Comunista Francés. Su actividad clandestina frente al nazismo volvió a poner en riesgo su vida. Finalmente, en 1942 logró embarcar hacia México junto a otros refugiados.

Ambos vivieron el resto de sus vidas lejos de la isla que los vio nacer. Domingo falleció en Santiago de Chile, en 1998, y Jacobo en Veracruz, en 2002. A pesar de la distancia, mantuvieron siempre el vínculo con su tierra y con la memoria de la causa republicana.

Su trayectoria vital constituye hoy un valioso testimonio de compromiso, resistencia y memoria democrática.

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