Ubicada al comienzo del paseo con el que comparte nombre, la ermita de San Telmo sobrevive en el tiempo junto a modernos locales comerciales, tiendas de souvenirs, franquicias, heladerías, y una de las zonas de baño más frecuentadas de Puerto de la Cruz.
Declarada Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de monumento desde el año 2000, se ubica sobre un pequeño acantilado rodeada de plataneras y una de las joyas que alberga el municipio, una visita obligada para cualquier persona que llegue a la ciudad turística y por ende, uno de los rincones más fotografiados.
Pese a que en su fachada hay una placa (casi invisible en la actualidad debido a su deterioro) con la data del siglo XVIII, su origen se remonta a 1626, cuando los pescadores del municipio decidieron levantar un pequeño templo en honor a su patrón, San Pedro González Telmo, fraile dominico nacido en Fromista (Palencia).
En 1659, los religiosos de esa orden construyeron un convento al lado de la capilla pero ambos fueron destruidos el 19 de diciembre de 1778 en un trágido incendio.
Según se recoge en un artículo del 1 de septiembre de 1952 en Tenerife Gráfico, una publicación periódica editada en la Isla durante el siglo XX, el trágico incendio fue debido a “la imprudencia de uno de los frailes que había dejado su velón encendido en una de las ventanas del convento dominico que daba al mar”. Su autor es Antonio Ruiz Álvarez, un investigador y cronista ligado a la ciudad.
Las labores de reconstrucción se llevaron a cabo al año siguiente, pero pero la adversidad volvió a golpear al templo en noviembre de 1826 por una marea catastrófica que causó grandes daños en el Norte de la Isla y obligó a cerrar sus puertas al culto hasta 1880. Décadas después, durante la Guerra Civil, fue saqueado y de nuevo cerrado. Posteriormente se volvió a consagrar y en 1955 se empezaron a celebrar las fiestas en honor a San Telmo.
En 1967, debido a la creciente afluencia del turismo alemán, se restauró completamente con fondos aportados por la Conferencia Episcopal Alemana y se cedió para celebrar cultos en ese idioma.
Desde el año 2003 los amigos de San Telmo realizan las fiestas en su honor en esta pequeña iglesia marinera, propiedad del Obispado de la Diócesis Nivariense.
A lo largo de los siglos ha sobrevivido a incendios, mareas catastróficas y saqueos, hasta ser de nuevo consagrada y convertida en un lugar muy querido por la población local debido a que su historia, como la de la ciudad, está ligada al mar.
Pese a ser también uno de los principales atractivos turísticos, su deterioro exterior es cada vez más alarmante ante el olvido de las instituciones y las excusas sobre qué administración tiene las competencias del inmueble. El desgaste ha llegado hasta el campanario y ha borrado casi por completo la data en su fachada. Aún así, recibe diariamente decenas de personas atraídas por su valor histórico y su encanto espiritual.
El Obispado es consciente del aspecto exterior que presenta actualmente. De hecho, está pendiente de poder acometer la pintura exterior y en el pasado mes de agosto solicitó al Cabildo de Tenerife la correspondiente autorización para realizar esta actuación.
“La intención era haber podido ejecutarla antes de las Fiestas de Julio, al igual que planteaba también el Ayuntamiento pero finalmente no fue posible”, declara a este periódico Adolfo Padrón Rodríguez, delegado diocesano de Patrimonio Cultural.
Por otra parte, fuentes del Cabildo trasladan que el expediente está tramitándose en el área correspondiente y antes de final de mes será autorizado.
“Desde el Obispado continuamos pendientes de la tramitación necesaria para poder llevar a cabo esa intervención”, insiste Adolfo Padrón.
En su interior, alberga piezas de notable interés patrimonial. Entre ellas, destacan especialmente el retablo-hornacina del siglo XVIII, en madera policromada, con motivos dorados sobre fondo rojo, y la imagen titular de San Telmo, una escultura de madera, de 1,45 centímetros de alto, donada en 1783 por el mayordomo Jerónimo Luis Román y restaurada en la segunda mitad de este siglo por el escultor orotavense Ezequiel de León.
También destaca el moderno crucifijo hecho con la técnica de hierro forjado, y colocado en el lateral izquierdo del altar, obra del arquitecto Fred Hellwig de Dusseldorf. En él, Jesucristo es representado con los brazos extendidos, para atraer a toda la humanidad.
En cualquier caso, por la información de la que se dispone actualmente en el Obispado, no consta una situación específica de riesgo para estas piezas ni otros problemas en el inmueble, más allá de la evidente necesidad de mejorar el estado de conservación y la imagen exterior del edificio.
Proteger este Bien de Interés Cultural requiere una acción coordinada que esté a la altura de su peso histórico y sentimental y la implicación de todas las administraciones competentes dado que el tiempo apremia para uno de los inmuebles patrimoniales más valiosos de la ciudad, que durante casi cuatro siglos ha sabido reconstruir su patrimonio frente a las embestidas del mar y las inclemencias de la historia.
Un inmueble declarado BIC con categoría de monumento
Según la ficha del BIC, se trata de una ermita de planta rectangular con cubierta de teja árabe a dos aguas. Los muros son de mampuesto y barro revocados de cal. Dos pórticos idénticos de cantería basáltica son los únicos elementos decorativos que interrumpen los paramentos encalados. Ambos han sido dispuestos sobre sencillas pilastras que sostienen sendos arcos de medio punto.
La fachada principal está orientada hacia el poniente. Destaca -sobre una pequeña moldura, en la parte superior derecha- una espadaña de dos cuerpos: el primero, en el que se halla la campana, tiene forma cuadrangular y cornisa; el segundo es de menor tamaño y acaba en pináculo.
Orillando la plaza se conservan los restos de la antigua Batería de San Telmo y sobre una cueva excavada por el mar se encuentra un pequeño cuarto circular y abovedado: el polvorín.











