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Baudet: la familia tinerfeña que trajo el cine a Canarias

Construyeron el Parque Recreativo o el Cine Baudet, trayendo a las Islas algunas de las mejores obras de la historia gracias al sueño de Ramón Baudet Grandy
Carlos Baudet, en la antigua puerta de entrada al Cine San Martín FRAN PALLERO

La historia de la tinerfeña familia Baudet está ligada a asientos de butacas, al olor del papel de los tickets vendidos en taquilla, es la historia de aquel miembro que, cuando el cine aún era mudo, tocaba el piano y hacía efectos de sonido artesanales para que disfrutaran los asistentes, y también la de la necesidad de reinventarse y de ser hábil con la censura porque la historia de Carlos Baudet, la de su padre y la de su abuelo es la historia de cómo el cine llegó a Canarias.

A finales del siglo XIX, Ramón Baudet Grandy adquirió un enorme solar en la zona de Puerto Escondido, entre las calles La Luna y Suárez Guerra, frente a la plaza del Patriotismo, en pleno centro de Santa Cruz. Lo hizo “sin contrato y con un apretón de manos” con el anterior propietario. ¿Su idea? Construir el local conocido durante muchos años como Parque Recreativo, lugar en el que se proyectarían algunas de las mejores películas del momento. Sería el primer cine de toda Canarias. Eran producciones mudas, por lo que era necesario “ambientar” aquellas filmaciones, como recuerda Carlos Baudet, nieto de Ramón: “Teníamos un tío que tocaba el piano y cantaba durante las proyecciones. No solo eso, era el encargado, por ejemplo, de hacer sonidos simulando una tormenta o cualquier otra escena”.

El Parque Recreativo comenzó siendo un cine al aire libre, pero luego, tirando de ingenio -y esa característica fue una de las constantes de los Baudet como iremos viendo-, idearon un sistema para que, con el mismo proyector, se pudieran exhibir películas tanto en un terraza como en una sala ya cubierta, hasta que un incendio arrasó el lugar en 1912. Era el momento de dar un paso más: “Se cambiaron los palcos, que estaban en la zona inferior a la superior y se aprovechó para remodelar todo el espacio. La estructura era de hierro y madera, antes era solo de madera, y fue un trabajo del arquitecto Antonio Pintor”.

El singular edificio del antiguo Parque Recreativo de Santa Cruz se mantuvo en pie hasta 1973, año en que finalmente fue demolido. En su lugar se edificó la sede principal de CajaCanarias. Era la primera piedra de una historia que abarcaría buena parte del siglo XX.

Antiguo Parque Recreativo de Santa Cruz, en la zona de Puerto Escondido. Autor: desconocido. Año: sobre 1910. Archivo: foto cedida por la Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía de Canarias (FEDAC)

Lo que el viento se llevó, lo que el culo aguantó y lo que Baudet se llevó…

El éxito del Parque Recreativo provocó que se proyectara un nuevo espacio: sería la joya de la corona. El Cine Baudet tendría que haber abierto en la década de los años 30, pero la Guerra Civil lo impidió. Con materiales traídos desde Bélgica, el Baudet, como era conocido por todos, pudo presumir de ser la sala con más capacidad de las Islas con 1.200 butacas, siendo diseñado el edificio por José Enrique Marrero Regalado, mismo arquitecto de la Basílica de Candelaria o el Cine Víctor. Ramón Baudet Grandy fallecería antes de ver la obra acabada. Su hijo sería el encargado de tomar el testigo.

“Mi padre, Ramón Baudet Oliver, era distribuidor de películas y fue la persona que explotó el cine. Tenía todos los avances de la época, como las filas de butacas del palco se iban deslizando a medida que se llenaban a través de un moderno sistema de raíles”, recuerda Carlos Baudet. Fue La ciudad soñada el film que estrenó el recinto y las personas que acudieron aquel día pagaron cinco pesetas por verla.

El estreno de Lo que el viento se llevó supuso un hito para el Cine Baudet. Hubo varios llenos para ver una de las mejores películas de la historia. Por eso mismo, según recuerda Carlos Baudet, comenzó a escucharse una comidilla por toda la ciudad: “Lo que el viento se llevó, lo que el culo aguantó y lo que Baudet se llevó. Eso era lo que decían. Es que tuvo mucho éxito. Todo el mundo quería verla y solo se podía ver en el Baudet, claro”.

El negocio se mantendría abierto hasta la década de los años 70. Siendo el Baudet el cine que tiraba económicamente del resto, aquel que cubría las pérdidas que podía generar el resto.

Cartel de estreno de Lo que el viento se llevó en el Cine Baudet FAMILIA BAUDET

La primera crisis del cine

La familia Baudet llegó a disponer de hasta siete cines (Baudet, Parque Recreativo, San Martín, La Paz, Cinelandia y dos en La Palma, el Teatro Circo Marte y el Cine Aridane), pero, desde la Península, solo llegaba una copia de cada película, por lo que las mismas rotaban por los diferentes espacios: “Mi padre adquiría los derechos de esa película pagando, igual, 4.000 pesetas y, después del Baudet, que era el de los estrenos, iba al Teatro Leal de La Laguna, luego al San Martín, posteriormente al Parque Recreativo y a salas del Norte. Así se mantenía el negocio”.

Pero, lejos de lo que pueda parecer, cuando en los últimos años vivimos inmersos en crisis casi continuas de las salas de cine, el primer “bajón” comenzó a notarse alrededor de 1950: “Es cierto que el Cinemascope y otros sistemas lograron levantar un poco la cosa, pero tuvimos que invertir para ello. Por ejemplo, en el Baudet triplicamos el tamaño de la pantalla, que acabó siendo enorme, y pusimos altavoces para que los sonidos retumbaran”.

Era, también, un modelo de negocio muy diferente al que ahora conocemos.  Se necesitaban taquilleros, empleados de limpieza, porteros, acomodadores o técnicos que pudieran ensamblar las diferentes cintas en las que se dividían las películas: “Recuerdo al jefe de cabina, Umberto Ramírez, una buena persona y, además, un entendido. Ese sistema, ahora mismo, es impensable por la cantidad de personas que se necesitaban”.

Las películas tenían que ser ensambladas al venir divididas en partes

Carlos pasó buena parte de su infancia y juventud entre salas de cine en una época de proliferación de las mismas en Tenerife. En la zona metropolitana podían llegar casi a la veintena operando a la vez y, por un acuerdo, él no pagaba para poder acceder a las salas, donde, por cierto, comenzaba a poderse comer en su interior: “Yo llegaba y pasaba a diez amigos y nos veíamos todos las películas juntos. En los cines de otros propietarios me dejaban pasar a ver las que ellos programaban. Disfrutábamos mucho. Eso sí, al principio, por ejemplo, comer papas fritas no se veía bien porque el ruido molestaba y te llamaban la atención”.

Películas prohibidas

Cuestionado por alguna de aquellas películas que más le marcó, recuerda Regreso al infierno (1955), curiosamente, interpretada por el propio protagonista de la historia que se cuenta: “Audie Murphy fue el soldado de Estados Unidos más condecorado de la Segunda Guerra Mundial y aquella película contaba su historia. Fue un éxito tremendo”. Aunque si entramos en otro terreno, el de la censura de aquellos años, otra vez, el ingenio que citábamos al inicio de este reportaje, volvió a aparecer para los Baudet.

Se estrenaba Gilda y, en un momento de la misma, Glenn Ford agrede a Rita Hayworth. La Iglesia dijo que no podía ser exhibida. Al menos esa parte: “Domingo Pérez Cáceres era el obispo en ese momento y mi padre le dijo que viniera a verla, que él decidiera si podía ponerse o no, pero que no la prohibiera sin haberla visto. Domingo se comprometió a ir al cine pero, en el último momento, le dijo a mi padre que la pusiera sin problemas”.

Desde Madrid llegaban comunicaciones de censura, algo ideado por Franco, pero esas órdenes podían ser ampliadas por las propias regiones. Es decir: sobre los primeros cortes podían añadirse más. El resultado llegaba a ser esperpéntico: “Ocurría que la película duraba hora y media y se quedaba poco más de media hora. Hablamos de besos, porque poco más salía, pero claro que había que tener mucho cuidado”.

Fachada del antiguo Cine San Martín FAMILIA BAUDET

La televisión mató al cine. O, al menos, fue una de las responsables de una nueva crisis del negocio. “Cuando comenzamos a cerrar los cines, los ayuntamientos de La Palma nos los compraron. En principio, para abrir nuevos espacios, pero allí quedaron. Lo mismo sucedió con el San Martín, comprado por el Ayuntamiento de Santa Cruz, y el Baudet, adquirido por el Cabildo”, recuerda Carlos.

El San Martín fue utilizado como cancha municipal y su estado actual es ruinoso. El Baudet iba a ser un espacio para el teatro de Tenerife, pero su estado actual es el mismo, por lo que de ambos queda su estructura (el Baudet es un BIC), como recuerdo del sueño de un pionero, Ramón Baudet Grandy , el Lumiere canario.

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