A menudo nos referimos al Balneario de Santa Cruz de Tenerife por su estado ruinoso, por el limbo legal en el que se encuentra y en lo que fue y dejó de ser, pero muchos no recuerdan que este era un espacio sumamente importante para los ciudadanos y ciudadanas de la capital, en donde disfrutaban no solo de su ocio, sino también de su descanso.
Hoy es un edificio tapiado y apuntalado, cubierto de maleza al que está prohibido acceder debido a peligro de derrumbe pero hasta la década de los años 80 del pasado siglo, el Balneario de Santa Cruz fue un referente para todos en su máximo esplendor.
La zona de baño de Santa Cruz
Aunque ahora la zona de baño de Santa Cruz de Tenerife sea la playa de Las Teresitas, lo cierto es que en buena parte del siglo pasado era el Balneario, y su playa anexa de callados, el lugar en el que los santacruceros y santacruceras iban a disfrutar del buen tiempo.
Santiago García Sanabria, alcalde santacrucero, anunciaba en 1928 que, gracias a una sociedad conformada por varias personas, en las que se encontraba él, comenzaba la construcción del Balneario de Santa Cruz.
Estaría ubicado en el barrio de Valleseco, concretamente en el Bufadero, y contaría con una playa, un muellito, tres piscinas y canchas de frontón. Tras menos de dos años de trabajos, en 1930, el Balneario de Santa Cruz era una realidad.
Domingo Pisaca Burgada proyectó un edificio de estilo racionalista, ejemplar en su fecha e imponente para los habitantes de Tenerife.
Donde muchos aprendieron a nadar
En 1934 fue inaugurada la piscina olímpica, que se convertiría en referente, tanto deportivo como social, para toda la capital. Casi cuando se inauguraba la pileta, nacía el Club Natación Balneario, como muestra del impulso claro que se quería dar a la instalación.
Hasta 1965 no hubo otra piscina olímpica de carácter público en Santa Cruz de Tenerife, por lo que muchos santacruceros y santacruceras mantienen en su recuerdo que fue allí donde comenzaron a nadar.
Veranear en el Balneario de Santa Cruz
Junto al edificio principal se encontraba la residencia de Educación y Descanso José Miguel Delgado Rizo. Con cuatro plantas, estaba enfocada al turismo social mediante la Obra Sindical de Educación y Descanso.
Los trabajadores podían alquilar las habitaciones que allí existían durante 15 días y por turnos en un edificio que había sido proyectado, realmente, como hotel-casino.
Disponía de 100 plazas individuales y 90 familiares y, durante el verano, casi 1.000 personas se alojaban en ella. Los precios eran asequibles -10 pesetas por persona con pensión completa-, y se llevaban a cabo numerosos actos, como bailes y celebraciones, por lo que la residencia del Balneario de Santa Cruz pasó muy pronto a ser un lugar de referencia en la vida social capitalina hasta su cierre en la décadas de los 80 del pasado siglo.
En 1992 echaba el cierre el Balneario de Santa Cruz, quedando encerrados entre sus ruinas numerosos recuerdos de miles de ciudadanos que pasaron allí horas y horas entre baños y descanso.






