gastronomía

La cafetería de Santa Cruz de Tenerife donde se come casero y barato en la barra más mítica

El local llegó a ser un referente nacional por los puros palmeros que vendía
La cafetería de Santa Cruz de Tenerife donde se come casero y barato en la barra más mítica

Su barra es una de las más míticas de Santa Cruz de Tenerife y lo es desde hace más de 60 años. Varias generaciones han comido en esta cafetería que reúne cada día desde escolares a jubilados.

El histórico Tahití, enfrente de la plaza de toros de Santa Cruz, ha superado las seis décadas de actividad. Su barra sigue siendo un punto de encuentro para un público muy variado: funcionarios, empleados de oficinas, estudiantes, docentes y vecinos del barrio que buscan comida casera a buen precio. Durante los años más duros de la pandemia, las restricciones se hicieron especialmente visibles en el servicio de barra, un lugar donde solían comer a diario tanto los propietarios como los empleados del establecimiento.

El creador del negocio fue Juan Lorenzo Hernández, quien abrió el local hace 60 años. Hoy es su hijo, también llamado Juan Lorenzo Hernández, quien mantiene el legado familiar. El fundador recuerda que todo comenzó cuando regentaba una frutería en la calle San Francisco y escuchó que un bar cercano estaba en traspaso: “Me lo comentó un amigo tomando café en el kiosco Numancia”, explicaba a DIARIO DE AVISOS con motivo del 60 aniversario del negocio.

Un bar-cafetería-restaurante

Tras hablar con la propietaria, llegó a un acuerdo, vendió la frutería y reformó el local. Así nació el Tahití, un bar-cafetería-restaurante convertido ya en parte del imaginario colectivo de la capital tinerfeña.

En sus inicios, el menú era sencillo pero contundente. “Había cositas para picar y una barra. Servíamos carne con papas, garbanzas, potajes, sopas y desayunos con chacinas o pata asada”, rememora el fundador. La cocina siempre fue cosa de familia: él mismo se ponía frente a los fogones y contó con la colaboración de su madre y de su esposa cuando hacía falta.

La oferta gastronómica actual ha evolucionado con los años. “Antes había cuatro o diez platos; ahora tenemos un menú fijo, especialidades fuera de carta y propuestas que vamos rotando”, señala el hijo. La variedad y el precio contenido han sido clave para fidelizar a los clientes: “Tenemos una carta enorme, pero la vamos dosificando”.

Uno de los mejores indicadores del éxito del Tahití es su clientela. “Muchos vienen de lunes a viernes y el fin de semana comen en casa. Hay personal de oficinas, jubilados, profesorado, escolares y gente del barrio”, apunta el heredero del negocio. El servicio de comida para llevar es ya habitual y los viernes son especialmente fuertes en demanda.

La materia prima es otro pilar del Tahití. “Vamos nosotros mismos al mercado. Es la única forma de mantener la calidad y controlar el precio”, afirma el actual propietario. Algunas recetas tradicionales han desaparecido temporalmente por dificultad para conseguir productos adecuados, como las papas rellenas, pero otras se mantienen como insignia: los bubangos rellenos, las paellas o la ternera lechal siguen siendo imprescindibles en el menú diario.

Además del sello casero, hay productos que forman parte de la identidad del establecimiento: los puros y el vino de La Palma, junto con una miel que llevan casi 30 años utilizando. “El año pasado ganó el premio a la mejor de Canarias”, destaca. La miel es utilizada para cocinar, aliñar y elaborar postres.

En su momento, los puros palmeros eran un reclamo nacional. “Venía gente de la Península solo para comprarlos. Se vendían muchísimo en Navidad”, recuerda el fundador. Aunque el consumo ha descendido y la calidad ya no es la misma por falta de materia prima, el Tahití sigue manteniendo una cuidada selección.