Todo apunta a que, como se señaló desde que se tuvo conocimiento de lo acaecido, el trágico fallecimiento de la niña de 13 años de edad que tuvo lugar a última hora de la tarde del pasado jueves en el llamado mamotreto de Añaza se debió a un accidente.
Así lo confirmó ayer un portavoz del Cuerpo Nacional de Policía, cuyos especialistas se han hecho cargo del caso y, en menos de 24 horas después de tener lugar el suceso que nos ocupa, ya descartan la intervención de terceras personas como causa del óbito, salvo giros inesperados de la investigación.
Cabe recordar que la infortunada menor de edad se introdujo a media tarde del pasado jueves en dicha construcción en compañía de otras tres amigas -todas de edades similares- pese a las vallas y a los mensajes de advertencia ante el peligro de adentrarse en la misma, y que en un momento determinado la niña se precipitó al vacío en el interior del esqueleto de dicho edificio, al parecer de forma accidental.
Fueron sus propias compañeras quienes alertaron a las autoridades acerca de lo sucedido, pero cuando los sanitarios llegaron al lugar tras ser desplegados por el Centro Coordinador de Emergencias y Seguridad (Cecoes) 1-1-2 del Gobierno de Canarias no pudieron hacer nada por reanimarla dada la gravedad de sus heridas.
Por su parte, miembros de la Policía Local de Santa Cruz de Tenerife facilitaron la tarea de los sanitarios a la espera de la llegada de la autoridad judicial para proceder al levantamiento del cuerpo sin vida de la joven antes de que el caso, como es preceptivo, pasara a manos de la Policía Nacional.
Lamentablemente, la presencia de semejante mole inacabada durante medio siglo ha facilitado que en el interior del mismo se hayan producido un sinfín de incidentes, y la del pasado jueves es al menos la quinta muerte que tiene como escenario el mamotreto de Añaza.
De las cuatro anteriores da cuenta la memoria de unos vecinos que en diferentes etapas se han desgañitado en vano para que tenga lugar de una vez la demolición de dicha infraestructura, como es fácil de comprobar vía hemeroteca.
Ye en junio de 2017 el entonces portavoz de la Asociación de Vecinos 8 de Marzo de Añaza, Samuel García, clamaba en las páginas de DIARIO DE AVISOS para que la Gerencia de Urbanismo estableciera al menos medidas de protección en el lugar. Si bien posteriormente se instalaron vallas, es obvio que ello sigue siendo inútil a la hora de facilitar el acceso al lugar.
Precisamente, García ya avisaba por aquel entonces de que el mamotreto en cuestión estaba lleno de trampas muy peligrosas cuando explicaba que “tiene los huecos de los ascensores completamente al descubierto, y los que se meten, de forma inconsciente, pueden caer por ellos, pero también tropezar o caerse desde cualquiera de los altos de este hotel”.
García, hijo del histórico dirigente vecinal Celso García, recordaba también cómo su padre se pasó años reclamando que o bien se le diera un uso a este edificio o se asegurara para evitar accidentes. No se dio ninguna de esas opciones.
Tampoco ayudan en nada los irresponsables que se graban en el lugar para monetizar conexiones en redes sociales, alguno de los cuales incluso ha llegado a sufrir algún accidente en el mismo lugar.
Fósil de la nociva etapa del cemento y ejemplo de la ineficacia posterior
Para entender la construcción de semejante mole como es el llamado mamotreto de Añaza en un lugar así hay que tener en cuenta el contexto de la época.
Fue en 1973 cuando el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife dio licencia de obras a unos empresarios alemanes para un hotel de 741 habitaciones en Añaza, y en esa época Alemania daba beneficios fiscales a quienes invertían en países en desarrollo, como era la España resultante de décadas de incompetencia y corrupción franquista. Además, era la etapa del cemento, y hasta en Las Teresitas se preveía levantar hoteles de 14 pisos.
Apenas dos años después y tras erigir una construcción con planta en forma de Y, con 22 pisos de altura, sobre una superficie de 2.350 metros cuadrados y con una edificación estimada en más de 40.000 metros cuadrados, los alemanes se esfumaron, y el Ayuntamiento esperó a que en 2017 caducara la licencia y, ocho años después, dicen que la demolición ya se tramita.
Desgraciadamente, es obvio que las vallas y carteles situadas en la zona no impiden el acceso de imprudentes y, por ende, nuevas tragedias.







