Lo de la Gala de elección de la Reina del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife ya no es un espectáculo: es un bostezo institucional con lentejuelas, un fósil televisado que se repite cada año con la misma creatividad con la que se rellena un impreso, solo que aquí el impreso se paga con dinero público. Y eso es lo más sangrante: que mientras a la ciudadanía se le pide paciencia para todo, para este bodrio siempre hay presupuesto, siempre hay cachés, siempre hay un despliegue que luego se pretende justificar con el mantra de “la tradición”, como si la tradición fuera una patente para aburrir.
Estamos en 2026 y la Gala sigue pareciendo la misma de hace treinta años, maquillada con una pantalla digital y dos efectos de rayo láser para que parezca moderna, como quien le pone pegatinas nuevas a un coche sin motor. El ritmo es plomizo, el guion es un cementerio de tópicos, las presentaciones suenan a chiste reciclado, y la dirección artística parece hecha por alguien que no ha visto un espectáculo contemporáneo desde que existían los DVDs.
Encima, se traen artistas que ni siquiera dominan el arte mínimo de fingir un playback: vienen, cobran, mueven los labios tarde y mal, y se van dejando al público con esa mezcla de vergüenza ajena y resignación que solo se siente cuando te han vendido un “eventazo” y te han servido un refrito impresentable. Y para rematar el ritual anual, aparece la presentadora de Madrid a cumplir el papel de turista profesional, soltando lo de “qué clima tenéis” y “qué sorprendida estoy” como si hubiera descubierto América, mientras aquí seguimos tragando con la misma escena repetida, año tras año, como si el Carnaval necesitara validación externa para existir. El típico complejo de gobernantes de provincias.
Lo peor es que ni siquiera se molestan en disimular: el espectáculo es cansino, largo, previsible, poco imaginativo, y cada minuto grita que esto no está pensado para emocionar, sino para cumplir expediente. Y mientras tanto, las redes arden, porque la gente ya no se calla, ya no aplaude por inercia y ya no acepta que se tire dinero público en traer “internacionales de medio pelo” e incluso descatalogados por patologías varias, cuyo caché, por cierto, la ciudadanía tiene derecho a conocer con transparencia.
El Carnaval de la calle sigue vivo, brillante y creativo; lo que está muerto es esta gala, convertida en una rutina cara y desfasada que trata al público como si fuera cautivo. En pleno siglo XXI ya no cuela seguir vendiendo como gran evento lo que, en realidad, es un programa viejo que se sostiene a base de costumbre, presupuesto y autopropaganda.
La Gala de la Reina no necesita más plumas ni más focos: necesita una idea, una dirección profesional y experimentada, un guion y un mínimo de vergüenza. Porque el Carnaval está vivo en la calle, pero en el escenario llevan años enterrándolo a golpe de rutina, por cierto, muy cara. Y si no lo cambian ya, no se preocupen: el pueblo cambiará a quienes se empeñan en seguir vendiendo este bodrio como si fuera cultura.







