El pino canario ocupa más de 77.000 hectáreas en Canarias, más que cualquier otra formación vegetal. Pero ese dominio no es fruto de la naturaleza: es la herencia de unas políticas forestales del franquismo que, en buena medida, quedaron a medias.
A mitad del siglo XX, Gran Canaria y Tenerife arrastraban siglos de presión sobre el monte. La sobreexplotación forestal, el carboneo, la ganadería intensiva y el uso agrícola habían dejado un territorio exhausto. El monte “estaba expuesto, era frágil, y había sufrido duros procesos de erosión”, tal y como documentan los informes del extinto Instituto para la Conservación de la Naturaleza.
El régimen franquista, durante los años 40 y 70, comenzó a desarrollar grandes campañas de repoblación forestal en las Islas. Todas ellas manuales y a gran escala. Un experto en los montes canarios, hoy reconvertido en creador digital sobre la diversidad forestal de las Islas (que prefiere mantenerse en el anonimato), lo recuerda: “El 99 % del pinar de Tenerife es replantado”.
ADIOS ÁRBOLES, HOLA TURISMO
Este modelo cambiaba el paradigma de los montes. Se apostó entonces por especies como el pino radiata, muy extendido en el norte de España, por su rápido crecimiento y su rentabilidad.
La idea era replantarlo en Canarias, sembrando la semilla (valga la redundancia) de una industria maderera propia. Según cuenta, “durante el franquismo, la Isla sirvió como un experimento para incentivar en la Península nuevas técnicas para mejorar el modelo comercial”. Se comenzaron a plantar altas densidades. El sistema pretendía dejar crecer grandes masas forestales y llevar a cabo, con el paso del tiempo, un sistema de entresacas progresivas para seleccionar los ejemplares más aptos.
Esta última fase nunca llegó a ejecutarse. A partir de los años 60, el auge del turismo transformó por completo el modelo económico de Canarias.
“Se vio que no era viable, y poco a poco se fue abandonando la plantación”. El resultado: una cantidad desproporcionada de pinares que campan a sus anchas. El Pinus canariensis también formaba parte del mosaico vegetal de los montes, todo debido a que ofrecía algo que ninguna otra especie podía garantizar con la misma fiabilidad: su corteza gruesa actúa como un escudo térmico frente al fuego. Bajo ella, las yemas epicórmicas le permiten rebrotar incluso tras incendios severos. Y su copa completa el ciclo: puede perder todas las acículas y regenerarlas en pocos meses.
Entre especies endémicas e introducidas, comenzaron a brotar las raíces de un monte que, a posteriori, y mirando los datos, la realidad es que se plantaron densidades muy superiores a las naturales. El especialista añade que la expansión no se limitó a las zonas de repoblación planificada: “En toda la parte Norte y en el bosque de La Esperanza se replantó de forma masiva”.
REPOBLACIONES
Según el Inventario Forestal Nacional y la literatura científica, muchas repoblaciones en varias zonas concretas de las Islas se ejecutaron con “entre 1.500 y 3.000 pies por hectárea”, cuando los pinares maduros y funcionales rara vez superan los 400–800 árboles por hectárea. Aquel modelo olvidado preveía reducir, llegado el momento, esa densidad, mediante clareos progresivos que rebajasen la densidad hasta unos 600–700 pies por hectárea.
Canarias pasó de 97.153 hectáreas de monte arbolado en los años 60 a 136.929 en 2020, un aumento cercano al 30 %: “Los pinos han llegado hasta 1.000 metros más abajo de donde se ubicaban antes. En algunos casos, especialmente en Tenerife, las densidades alcanzan entre 1.500 y 3.000 pies por hectárea”, afirma, lo que supone valores hasta cinco veces superiores a los considerados óptimos desde el punto de vista técnico, pues las consecuencias son directas: se libra una competencia por el agua y nacen árboles más débiles, como señalan estudios de la ULPG.
“La densidad es tan grande que el sotobosque directamente no prospera. No deja lugar a los demás, lo que ves de copa de un pino, es igual de grande en las raíces. Ese anclaje no da lugar a otro especie alrededor”, afirma el experto. “Es un desastre ecológico sin precedentes en la Isla”, concluye.






