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400 años del Hermano Pedro: el santo de las dos orillas que aspira al copatronazgo de Canarias

Frecuentaba hospitales, cárceles, casas de pobres; se acercó a emigrantes sin trabajo, a adolescentes “descarriados”, acogía a vagabundos, a blancos, negros y mestizos, sin distinción
Pintura en representación del santo Hermano Pedro.
Pintura en representación del santo Hermano Pedro. | DA

Su vida y obra lo llevo a ser denominado así -y así ha quedado para la posteridad-: el santo de las dos orillas. Porque la vida de Pedro de San José de Betancur no se entiende sin ese puente que tendió entre Canarias y Centroamérica. Tiene el reconocimiento de ser el primer santo de la historia en el Archipiélago, también de Guatemala y uno de los grandes referentes espirituales de la América hispana del siglo XVII. Y, cuatro después, su figura solo se ensancha.

Frecuentaba hospitales y cárceles. Recorrió casas de pobres, se acercó a emigrantes sin trabajo, a adolescentes “descarriados”, a quienes vivían “sin instrucción” o entregados a los vicios. Acogía a vagabundos, a blancos, negros y mestizos, sin distinción.

En un momento de la historia en el que la caridad (o la solidaridad con los más desfavorecidos, según cada quien la quiera definir) brillaba por su ausencia, hizo de la cercanía una forma de vida y terminó construyendo una obra que desbordó los límites de su tiempo. Como subraya Angélica Solano, religiosa de la Comunidad de Hermanas Bethlemitas (orden religiosa hospitalaria fundada por el Hermano Pedro) destinada a Vilaflor para los preparativos de los actos de su aniversario, “su legado no se desactualiza y siempre será actual la sensibilidad al sufrimiento”.

Las fuentes sitúan su llegada al mundo en marzo de 1626, en el municipio de Vilaflor de Chasna, aunque no existe consenso absoluto entre el día 19 (fecha tradicional) y el 21, que corresponde a su bautismo. Lo que sí sabemos es que nació en el seno de una familia humilde, hijo de Amador González y Ana García, Pedro creció vinculado al pastoreo en el Sur. “Por sus circunstancias económicas, no pudo estudiar como era su deseo”, recoge el cronista oficial de Granadilla de Abona, Emiliano Guillén, quien describe a aquel joven como alguien “profundamente marcado por la religiosidad desde la infancia”.

Su vida transcurría entre la trashumancia -aprovechando los pastos de invierno en la costa y los de verano en las cumbres- y los largos silencios de la cueva de El Médano, donde se refugiaba de los piratas berberiscos e italianos. Desde allí contemplaba los barcos que partían hacia América. A los 23 años, sin avisar a nadie, decidió marcharse. Partió del puerto de Santa Cruz; Primero hacía Cuba, luego Honduras y, finalmente, a Guatemala. Pero “aquel no era su lugar”, apunta el cronista sobre su paso por La Habana, hasta que encontró su destino definitivo: Santiago de los Caballeros.

Aunque a menudo se le atribuye la condición de emigrante, lo cierto es que su traslado se produjo dentro del marco de la Corona española, de la que Guatemala formaba parte en el siglo XVII.

Nada más llegar, enfermó gravemente. Y fue precisamente en ese contacto con los más pobres y desheredados donde comenzó a gestarse su verdadera misión. Superada la enfermedad, el Hermano Pedro se integró como terciario franciscano y comenzó a desarrollar una actividad incesante. Según Guillén, la ermita del Calvario, en el núcleo donde se estableció, se convirtió en “el primer centro irradiador de su caridad”.

LA POSADA DEL BELÉN

Desde allí, desplegó una red de atención que incluía: una escuela para niños pobres, una enfermería, una casa de acogida y una posada para estudiantes y sacerdotes sin recursos. A ese espacio lo llamó Belén, evocando “la pobreza de la primera posada de Jesús en la tierra”, según recoge el cronista.

Se dice que “sintió la llamada De Dios para cruzar el Atlántico”. En ese sentido, explica el cronista oficial de Vilaflor de Chasna, Nelson Díaz Frías, “realizó una labor caritativa y de labor al prójimo que fue pionera en materia de asistencia social y en la educación infantil”, llegando incluso “a pagar de su sueldo (como trabajador en un telar) a maestros para alfabetizar a niños sin recursos”. Todo ello, en un contexto en el que la educación en el Nuevo Mundo (y Viejo) era un privilegio reservado a las élites.

“En el tiempo que le tocó vivir, realizó una labor caritativa inusual, sin distinción por raza, condición social o sexo”, subraya Frías, que no duda en definirlo como ‘“un precursor de los derechos humanos”.

Una figura que une Canarias

Aunque el santo nació en Tenerife, según el estudio realizado por el cronista Díaz Frias, “la mayor parte de sus antepasados eran aborígenes de Gran Canaria que se trasladaron tras la conquista”. Es decir, su raíz genealógica conecta directamente con ambas diócesis canarias.

“Tanto por línea paterna como materna, su origen remite mayoritariamente a población indígena grancanaria”, explica. Y esa condición refuerza su papel como símbolo integrador del conjunto de las islas.

De la devoción popular al reconocimiento oficial

Murió joven, a los 41 años, en 1667, “minado por sus sacrificios y su entrega a los pobres”.
Durante siglos, su figura permaneció anclada en la devoción popular sureña. Peregrinaciones a su cueva, relatos de milagros, promesas y una tradición oral que traspasa de generación en generación y profundamente arraigada a toda la comarca, donde su legado se mantuvo intacto.

No fue hasta finales del siglo XX cuando esa devoción dio el salto institucional. Beatificado en 1980 y canonizado en 2002 por el papa Juan Pablo II.

El conocido como milagro de Adalberto -la curación de un niño aquejado de un cáncer y sin explicación médica- fue clave en el proceso de canonización del Hermano Pedro, hasta el punto de convertirse en el milagro que terminó por avalar su reconocimiento como santo.

“Sus santuarios en ambas orillas siguen siendo muy visitados, tanto para dar gracias como para implorar ayuda”, señala el cónsul honorario de Guatemala en Santa Cruz de Tenerife, Alejandro Tosco, que subraya la vigencia de su culto.

En Guatemala, su figura ha alcanzado una dimensión que trasciende lo religioso.
“Representa mucho más que un santo: es una figura social y cultural profundamente arraigada a la sociedad guatemalteca moderna”, explica Tosco.

“Tiene el título de haber impulsado el primer hospital para pobres en América”, añade, al tiempo que destaca su implicación en el trasvase de tradiciones como la Semana Santa.

Esa apropiación simbólica ha llevado incluso a que muchos lo perciban como un santo guatemalteco más. “Realmente, fue a este lado del charco desde donde se impulsó su proceso de canonización”, recuerda el cónsul.

El debate del copatronazgo

En este contexto, el 400 aniversario ha reactivado una vieja aspiración que se encontraba dormida, pero que se trata en los recovecos de la comarca: que el Hermano Pedro sea declarado copatrón de Canarias junto a la Virgen de Candelaria. Un tándem simbólico que condensaría dos dimensiones esenciales de la identidad religiosa del Archipiélago: la fe arraigada en el milagro, encarnada en la Morenita, y la devoción hecha acción, representada en la obra y caridad del Hermano Pedro.

Hasta el momento, al menos tres municipios del Sur: Vilaflor de Chasna, Granadilla de Abona y San Miguel de Abona, se han adherido con voto unánime de la corporación municipal a la iniciativa para declarar al Hermano Pedro copatrón de Canarias.

Las voces consultadas por este periódico, más allá de la posición institucional, coinciden en reconocer su idoneidad. “Reúne condiciones más que suficientes”, sostiene Díaz Frías desde el ámbito histórico y devocional.

El cónsul guatemalteco lo respalda sin ambages: “Debería serlo, sin competir con la Virgen ni con otros santos”.

En esa misma línea espiritual, la hermana bethlemita Angélica Solano entiende que el posible copatronazgo “muestra las dimensiones esenciales de la fe” y permitiendo “poner en valor a Vilaflor y a uno de sus hijos”.

Sin embargo, desde el ámbito pastoral emerge una visión más prudente. El párroco de Vilaflor, Arnovio Alfonzo Galaviz, introduce una reflexión de fondo: “No todo reside en declararlo copatrón para después venerarlo. Es más bien al revés’.

Y va más allá: “Los títulos no dan fe. Todo debe venir precedido de entender su camino y su mensaje”.

Un santo para el presente

Más allá del debate institucional, hay un consenso transversal: la vigencia del Hermano Pedro radica en su ejemplo.

“Es un compañero de camino”, afirma el párroco, quien subraya que su figura “sigue muy presente”, tanto en los feligreses que acuden a la parroquia como en los peregrinos que recorren su camino hasta la cueva que lleva su nombre, pero, especialmente, en la atención a los enfermos, donde su legado encuentra hoy su expresión más viva.

“Era un hombre sencillo, un cabrero, que su cercanía a los más pobres sigue siendo hoy un modelo”, añade. Quizá ahí reside la clave de su permanencia.

La hermana bethlemita introduce una lectura actualizada de su legado en el contexto de los desafíos humanitarios que atraviesan las Islas. A su juicio, si hoy viviera, el Hermano Pedro “estaría ayudando al prójimo en acciones concretas”, especialmente en realidades como la llegada de migrantes, o bien “escuchando, acompañando e impulsando proyectos de acogida”. Una visión que se vincula con los retos contemporáneos de una sociedad que, en sus palabras, atraviesa “un mundo roto por la guerra, donde el deseo de poder rompe los ideales colectivos”.

Ante su figura y obra, el párroco reflexiona sobre un patrón común entre los santos canarios: todos desarrollaron su labor fuera de Canarias -Sevilla (El padre José Torres Padilla), Brasil (El padre José Anchieta) o Guatemala-. “Quizá el Evangelio, cuando dice que nadie es profeta en su propia tierra, nos dé la respuesta”, apunta.

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