En el número 21 de la calle Carrera del Escultor Estévez, en La Orotava, se alza un casona imponente, como la mayoría de las que se encuentran en el casco histórico de la Villa.
Albergó El Drago, la antigua fábrica de gaseosas, después se convirtió en el bar Las Gaseosas, fue sede de la Mutua de Accidentes de Canarias (MAC) y desde hace un mes y pocos días es Jardín Secreto, un nuevo establecimiento hotelero que se suma a los cuatro ya existentes: Alhambra, hotel rural Victoria y hotel rural Orotava, todos con un particular encanto, ampliando la oferta alojativa del municipio, acorde con un modelo turístico sostenible, alternativo y diferenciado.
A ello hay que sumarle que La Orotava es la única localidad canaria y se encuentra entre las diez de España, que mantiene la esencia de ser ciudad Cittaslow con el sello que conlleva de calidad turística. Ello se traduce en una apuesta por la conservación de las tradiciones, el producto local, la sostenibilidad, la economía circular y la educación en valores, el buen trato, la protección del entorno y el patrimonio.
Jardin Secreto está regentado por David Dalmau, su esposa, Sophie, y su hijo Víctor. La familia decidió que quería un cambio de vida y marcharse de Francia, buscó lugares para vivir y cuando Víctor encontró la casa por internet, no dudaron en viajar a Tenerife, una isla que conocieron por primera vez.
Les gustó el inmueble, sino también el municipio y su gente. Estuvieron durante diez días visitando La Orotava y conviviendo con sus vecinos y vecinas.“Nos encantó”, confiesa Sophie, así que decidieron adquirir la casona y dejar Perpiñán, la ciudad en la que vivían, próxima a la frontera con España.
Al comprar la vivienda, esta incluía un primer proyecto de hotel. Pensaron que la casa era muy grande para ellos así que lo modificaron bastante y se embarcaron en un nuevo proyecto en el que ninguno de los tres tenía experiencia pero sí muchas ganas e ilusiones.
Aunque la casa estaba deshabitada y un poco abandonada, la estructura se conservaba bien. No obstante, fue necesario acometer una rehabilitación integral, romper el suelo y muros y colocar los desagües, obras importantes antes de comenzar a construir las habitaciones e instalar en ellas el agua y la luz. También cambiaron toda la carpintería de las ventanas porque querían que volvieran a ser de estilo canario ya que las que había “eran grandes y con los marcos pintados de blanco. Parecían de un hospital”, apunta Víctor.
Conservar la “esencia canaria” es importante no solo por las características de la vivienda sino también por el lugar en el que se encuentra, uno de los conjuntos arquitectónicos más bellos y mejor conservados de Canarias en el que se unen el encanto de una villa señorial con un profundo legado cultural y natural, declarado como Conjunto Histórico-Artístico el 10 de diciembre de 1976.
Durante dos años se dedicaron a acometer las reformas que eran necesarias y a darle una nueva vida al inmueble. Para David no fue difícil ya que en Francia se dedicaba a la construcción. Tampoco para su hijo, que es electricista. No fue el caso de Sophie que tuvo que dejar su profesión de farmacéutica.
Sin embargo, ninguno de los tres había tenido hasta ahora experiencia en gestionar hoteles, es una aventura a la que se lanzaron por primera vez y de la que no se arrepienten, todo lo contrario. La consecuencia es un hotel familiar, que por el momento solo cuenta solo siete empleados, una atención exquisita, y un ambiente acogedor en cada uno de sus rincones.
El hotel es solo para adultos, tiene diez habitaciones, todas con aire acondicionado y bañera de burbujas pero cada una ofrece un diseño diferente. Las hay con baños abiertos o cerrados, techos con y sin madera y balcón. A ellas se suma una suite. Ofrece servicio de cafetería y restaurante, a los que pueden acceder también cualquier persona sin necesidad de estar alojado en el hotel; sauna, pero en este caso sí es exclusivo para la clientela, y una terraza con vistas espectaculares.
Destaca el enorme vitral del techo, realizado por Orlando Chacón Arreaza, un artista venezolano afincado en Tenerife. “Lo vimos en una exposición en el Liceo de Taoro y nos encantó”, confiesan los tres.
Abrieron sus puertas el 4 de febrero y “poco a poco se va llenando de gente que se encuentra muy contenta con el sitio”, subraya David. No tienen apuro, van despacio, pero aportando cada día una nueva idea. Ahora están centrados en potenciar la oferta gastronómica.
Cuando llegaron por primera vez descubrieron que la propiedad tenía dos patios pero uno de ellos se encontraba en el fondo, casi escondido y pensaron que era una buena idea darle un mayor protagonismo. Mientras el patio principal recibe a todas las personas que llegan al lugar, el segundo está reservado para quienes buscan algo más. Así, se ha destinado a la gastronomía y en él destaca un imponente jardín vertical, creando un refugio de paz que hace honor a su nombre. Un rincón que no se encuentra, sino que se descubre.







