Hoy se acaba el Mundial. España se juega en Nueva Jersey un bordado más para la camiseta. Mientras, la FIFA cierra la caja registradora y apaga las luces de un evento que se ha convertido, con el paso de los años, en el negocio más rentable del deporte mundial. Detrás del mayor evento global, y que reúne a casi 2.000 millones de personas delante del televisor, hay un organigrama de cargos e intereses que sostienen, por detrás, todo ese brillo. El fútbol se vende como un espectáculo global y, en efecto, lo es, aunque conviene recordar que la pelotita esconde capas de profundidad que rara vez se televisan.
Cuando el 27 de mayo de 2015 los agentes del FBI llamaron, una por una, a las puertas de las habitaciones del hotel Baur au Lac de Zúrich, Rafael Esquivel llevaba ya 27 años sentado en el trono de la presidencia de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF). Aquella tarde, el adejero se iba a reunir con todos los jerarcas del fútbol del continente, pero en su lugar, su nombre entró a formar parte de la lista de altos dirigentes de la FIFA detenidos por la trama de corrupción continuada que acabaría bautizada como FIFA Gate.
Esquivel nació el 16 de agosto de 1946 en Tenerife, en el seno de una familia con raíces en Adeje y Arona. Con apenas cuatro años, en 1950, cruzó el Atlántico huyendo de la dictadura franquista, en una de las muchas oleadas migratorias canarias que buscó en la novena isla una segunda oportunidad. Se convertiría en banquero, escalando posiciones durante más de una década, hasta que la entidad para la que trabajaba lo trasladó a la isla de Margarita para abrir una nueva sucursal. Volvería por temporadas a su Adeje natal, aunque nunca para quedarse.
Treinta años en el trono del fútbol
Pronto descubrió que la región en la que residía no contaba con una asociación deportiva organizada y en 1972 fundó la del estado de Nueva Esparta, germen de lo que sería su carrera dirigencial.
En 1986 llegó a la vicepresidencia de la FVF, de la mano del entonces presidente René Hemmer. Su muerte en 1988 lo catapultó a la presidencia, cargo que revalidaría en diez elecciones consecutivas hasta 2015.
Bajo su mandato, la selección vinotinto vivió algunos de sus mejores momentos -dos participaciones en mundiales juveniles masculinos, dos en categoría femenina y un histórico cuarto puesto en la Copa América de Argentina 2011- y se construyó el Centro Nacional de Alto Rendimiento en Nueva Esparta, una de las mayores infraestructuras deportivas del país.
Pero su gestión también arrastró sombras desde el principio, sobrevolando dudas sobre la adjudicación de terrenos vinculados a la empresa familiar Digasmar, retrasos de más de una década en obras financiadas con fondos públicos y privados, y acusaciones recurrentes de manejo opaco del dinero de la federación. Esquivel, mientras tanto, ascendía también en el organigrama continental hasta convertirse en primer vicepresidente de la Conmebol.
En la antesala del congreso de la FIFA en el que se reelegiría a Joseph Blatter -presidente del fútbol que manejó la institución con mano de hierro durante dos décadas-, Esquivel fue uno de los siete altos dirigentes arrestados en Suiza, la mayoría latinoamericanos.
El Departamento de Justicia de los EE.UU les acusaba de haber cobrado sobornos millonarios a cambio de conceder derechos televisivos y de comercialización de varias ediciones de la Copa América -2007, 2015, 2016, 2019 y 2023- y también de la Copa Libertadores.
El 23 de septiembre de 2015 Suiza autorizó su extradición a Estados Unidos, aunque el propio Esquivel había pedido ser juzgado en Venezuela. No lo consiguió. El 7 de marzo de 2016 llegó a suelo estadounidense y, días después, compareció ante un tribunal de Brooklyn declarándose inocente.
El desenlace judicial llegó el 10 de noviembre de 2016. Ante la jueza, Esquivel se declaró culpable de siete delitos: asociación para delinquir, tres cargos de transferencias bancarias ilegales y otros tres de lavado de dinero, todos vinculados a sobornos. La fiscalía sostuvo que había utilizado su posición de poder para canalizar pagos de corruptores desde cuentas en el extranjero hasta cuentas suyas en bancos estadounidenses. Como parte del acuerdo, aceptó devolver cerca de 16 millones de dólares y cooperar con la investigación.

Los tejemanejes del fútbol, al descubierto
Pero eso no era todo. Durante el juicio contra otros implicados, celebrado en 2017, un testigo de la fiscalía reveló detalles del entramado.
Según su testimonio, Esquivel figuraba en los registros bajo el alias en clave Mercedes Benz y había cobrado un bono de 750.000 dólares por su voto a favor de Catar como sede del Mundial 2022, en uno de los procesos de elección mundialista más turbios que se recuerdan y, aunque no obtuvo pena alguna por esta irregularidad, vale la pena detenerse en este punto.
Octubre de 2007. La FIFA decide cambiar el sistema de rotación de continentes para la elección de las sedes mundialista. Con las de 2010 y 2014 ya adjudicadas -Sudáfrica y Brasil, respectivamente-, se descartaba a los países de África y Sudamérica como posibles organizadores de las siguientes ediciones.
El Comité Ejecutivo confirmó el 20 de diciembre de 2010 que se abriría un proceso de candidatura simultáneo para elegir dos competiciones, algo inédito hasta entonces. En virtud de esa política, las candidaturas para 2018 y 2022 solo podían venir de Norteamérica, Asia, Europa u Oceanía. Hay que tener en cuenta que ningún continente puede organizar dos mundiales consecutivos.
Un proceso manchado
El destino del fútbol mundial se decidía mediante un proceso de votación secreto representado por 22 presidentes de las confederaciones mundiales.
Aquel proceso ya nació manchado, pues de los 24 miembros iniciales, la FIFA expulsó a Reynald Temarii (Tahití) y Amos Adamu (Nigeria) después de que una investigación periodística demostrara que ambos habían aceptado sobornos a cambio de desequilibrar su voto a ciertas sedes.
El Mundial de 2018 sería entregado finalmente a Rusia, arrebatándole su Mundial a Inglaterra. Para el de 2022, Estados Unidos se presentaba como el mejor postulado: estadios, infraestructuras, hoteles, ciudades ya construidas… Era una candidatura sólida.
Catar, en cambio, se presentaba con una mano delante y otra detrás: una región más pequeña que toda Asturias, desértica, con temperaturas de más de 40 grados en verano y una propuesta de 13 estadios, ocho de los cuales todavía estaban por construirse.
Las confederaciones sudamericanas también votaban. Julio Grondona (Argentina), Ricardo Teixeira (Brasil) y el propio Esquivel se comprometieron a declinar su voto en favor de las candidaturas catarís y rusas, en una alianza tácita que dejó el camino más que despejado para que ambos países se hicieran con las sedes.
El resultado final dejó 14 votos para Catar frente a 8 para Estados Unidos, pese a que en todos los parámetros técnicos de la candidatura de Estados Unidos habían sido mejor valoradas. El medio independiente The Sunday Times analizó aquella candidatura ganadora y la calificó como “uno de los mayores escándalos deportivos de la historia”.
El escándalo obtuvo una gran resonancia internacional. Multitud de medios de comunicación evidenciaron las deficiencias del proceso de selección. Ya en 2012, ante los rumores y los indicios de corrupción, la FIFA se vio en la obligación de crear un comité de investigación sobre el proceso de elección de ambas sedes.
En 2014, el llamado informe García -elaborado por el fiscal estadounidense Michael García, que encabezó la investigación- constató violaciones graves de índole moral y jurídica, aunque consideró que “ninguna era lo bastante grave como para anular las votaciones de 2018 y 2022”.
En ningún momento se mencionaba directamente a Catar o Rusia. Poco después, el propio García dimitió, denunciando que la FIFA había “distorsionado sus conclusiones”.
“Organización de crimen organizado”
Contrariado por el desenlace, y poco después, el FBI destaparía la caja de Pandora de la corrupción. Chuck Blazer, representante de la FIFA en Estados Unidos, y convertido en colaborador del FBI, aportó grabaciones que alimentaron el proceso que el Departamento de Justicia llevaba años instruyendo y que, en medio de aquel clima de escándalo, se aceleró de forma decisiva.
En total, la fiscalía repartió 47 cargos entre siete mandamases del fútbol latinoamericano, por delitos de blanqueo de capitales, asociación delictiva y fraude electrónico.
A Esquivel se le acusaba de haber recibido dos millones de dólares por los derechos de transmisión de la Copa América de Argentina 2011. Según la fiscalía, entre 2009 y 2014 acumuló al menos 34 pagos irregulares por un total cercano a los 9,4 millones de dólares.
El 21 de noviembre de 2017, el Departamento de Justicia de Estados Unidos llegó a calificar en el juicio a la FIFA como una “auténtica organización de crimen organizado”. Casi nada.
Ese mes, la Comisión de Ética de la FIFA, en un acto de transparencia, inhabilitaría de por vida a la mayoría de estos presidentes, entre ellos a Esquivel y a otros implicados.
Confesión de culpabilidad
Lejos de una celda, el adejero cumplió los años siguientes en Florida, sometido a un régimen de libertad vigilada. Su entorno confiaba en que la cooperación con el FBI y la confesión de culpabilidad (a diferencia de otros dirigentes que optaron por ir a juicio y recibieron condenas más severas) le permitirían obtener una sentencia benévola.
El recorrido de Rafael Esquivel es uno de los tantos capítulos sueltos de la institución que comanda el fútbol, esa que durante años permitió a un puñado de dirigentes convertir los derechos de transmisión y la propia elección de las sedes mundialistas, en una fuente privada de enriquecimiento.






