¿Dónde está la imagen original de la virgen de La Candelaria? Desde luego, no esperen encontrar dicha respuesta en las siguientes líneas. Lo que sí se sabe es que en la noche del 7 al 8 de noviembre de 1826, mientras un temporal de viento y lluvia torrencial castigaba Tenerife, el agua del barranco irrumpió en la capilla del convento dominico de Candelaria, derribó la pared del fondo y arrastró al mar la imagen que durante siglos había sido el centro de la devoción del Archipiélago.
Nunca volvió a aparecer. O al menos, y hasta ahora, no la misma tal cual. Casi doscientos años después, una recreación de aquella figura primigenia volverá a ocupar un lugar central en la Villa Mariana gracias a un proyecto de investigación y transferencia de la Universidad de La Laguna (ULL) que ha tratado de rehacer, con la mayor fidelidad posible, una escultura de la que no se conserva ninguna representación gráfica.
El proyecto, obra del investigador Alejandro Hernández Pérez, ya ha sido entregado al Ayuntamiento de Candelaria y como explica la alcaldesa, Mari Brito, la réplica supone “una importante aportación a la exposición que inauguraremos el próximo 9 de noviembre, en el marco de la conmemoración del bicentenario de este acontecimiento histórico”. Para Brito, la iniciativa responde al vínculo histórico y cultural que une al municipio con su patrona.
La noche en que la Virgen acabó en el mar
Según documenta el cronista oficial de Candelaria, Octavio Rodríguez Delgado, aquel fue el temporal “más grave registrado en la historia de la isla”. Las cifras recogidas por el canónigo Francisco Martínez de Fuentes así lo demuestran: 261 muertos en Tenerife, 344 casas destruidas, 16 puentes, tres castillos y tres templos perdidos. En Candelaria, las aguas rompieron el dique conocido como el Encajonado, levantado en el siglo XVII para desviar el curso del barranco, y la riada se precipitó sobre la plaza.
El cronista José Rodríguez Moure, reconstruyó el detalle que selló el destino de la imagen, pues asegura en uno de sus testimonios que “la puerta que comunicaba la capilla provisional con las obras del nuevo templo había quedado abierta por descuido”. El agua entró y derribó la pared donde se custodiaba la Virgen. Los únicos moradores del convento, cuatro frailes ancianos y dos legos, pasaron la noche refugiados en la Cueva del Conde. Al amanecer, Chaxiraxi ya no estaba allí.
La búsqueda fue tan intensa como estéril. Se removió el litoral y multitud de barcas salieron a recorrer los mares entre islas. Nada. De aquella noche nació el dicho popular: “El mar la trajo y la mar se la llevó”. Canarias había perdido a su patrona.
Durante más de tres años, el culto se mantuvo ante un retrato al óleo traído de la finca dominica de La Granja, en Arafo. Finalmente, se encargó una nueva talla al escultor orotavense Fernando Estévez, bendecida el 2 de febrero de 1830, que es la que se venera hasta hoy.
La historia de cómo Alejandro Hernández llegó a la imagen perdida comienza con su Trabajo de Fin de Grado en Bellas Artes, que consistió en la recreación de los restos de una Inmaculada del siglo XVI conservada en el museo de la Concepción de La Orotava “Ahí me entró el gusanillo”, explica.
A partir de las representaciones pictóricas y de las descripciones escritas, los investigadores conocen hoy algunos rasgos de la talla original. Su altura medía era de poco más de un metro, llama la atención el tono menos moreno tan característico comparándola con la imagen contemporánea, ya que esta talla original estaba hecha en una madera rojiza; posiblemente hecha de nogal, poco pesada, y hueca por dentro. También se sabe que tenía inscripciones en la orla del manto, presentaba daños estructurales y tenía una morfología concreta en los rostros de la Virgen y del Niño.
Sus conclusiones han tenido reconocimiento académico. La Universidad de Burgos, referente en el estudio del Renacimiento hispano, publicó su artículo Apreciaciones sobre la escultura perdida de Nuestra Señora de Candelaria, Canarias: nueva catalogación cronológica y su asimilación con el Renacimiento español, en el número 3 de la revista Sarmental, dedicada a la historia del arte.
Pan de oro
Hernández presentó la idea al Ayuntamiento de Candelaria hace cuatro años. Tras meses y meses de recopilación documental, el proyecto se materializó mediante un convenio entre el Consistorio y la Fundación General de la ULL, con un presupuesto de poco más de 4.300 euros.
El anteproyecto, titulado Tecnología 3D implementada en las técnicas plásticas para la reconstrucción de la escultura original de La Candelaria de los Guanches, está dirigido por la profesora Itahisa Pérez Conesa, del área de Escultura de la Facultad de Bellas Artes. Como asesores externos participan los historiadores Carlos Rodríguez Morales y Jesús Rodríguez Bravo, del Instituto de Estudios Canarios.
El método combina la tecnología más novedosa en este campo con los oficios del siglo XVI. Los rostros fueron modelados a partir de un mapa topográfico de volúmenes extraído de uno de los cuadros autoría de José Rodríguez de la Oliva.
Una vez validado por los historiadores, el modelo se imprimió en ácido poliláctico, un material más ligero y estable que la madera noble. Sobre ese núcleo se aplicaron las capas tradicionales de estuco, el bol de Armenia y un dorado al agua con pan de oro de 22 quilates, bruñido con piedra de ágata. Después llegaron los estofados, la policromía al óleo y los apliques decorativos, impresos en 3D y recubiertos de cobre mediante galvanoplastia. “Es tal cual”, asegura Hernández, aunque difiere en el material de base.
Según destaca la alcaldesa, la pieza reproduce los detalles recogidos por fray Alonso de Espinosa, cuya obra es considera “una referencia fundamental para el conocimiento histórico de la Virgen”.
El objetivo, según el propio anteproyecto, no es sustituir a la imagen de Estévez ni ocupar su lugar en el culto. Se trata de crear un “facsímil con un valor histórico y didáctico” que permita comprender materialmente cómo era el símbolo religioso que marcó la identidad canaria durante siglos.
















